lunes, 23 de junio de 2008

Amargura y soledad de GDO


Pablo Cabañas Díaz

pcabanas@correo.unam.mx

* A quienes lo visitaban en Palacio y le daban apoyo como Octavio Hernández, les decía: “No sabe cuánto agradezco y estimo su felicitación, porque es un privilegio recibirla y estrechar la mano de un hombre que tiene los huevos tan bien colocados como usted”. * Instruyó al general Gutiérrez Oropeza: “Si en el desempeño de sus funciones tiene usted que violar la Constitución, no me lo consulte porque yo, el presidente, nunca le autorizaré que la viole; pero si se trata de la seguridad de México o de la vida de mis familiares, viólela…”

“Durante los recientes conflictos que ha habido en la ciudad de México se advirtieron, en medio de la confusión, varias tendencias principales: la de quienes deseaban presionar al gobierno para que se atendieran determinadas peticiones, la de quienes intentaron aprovecharlo con fines ideológicos y políticos, y la de quienes se propusieron sembrar el encono... “

Quinto Informe de Gobierno, Gustavo Díaz Ordaz.

Gustavo Díaz Ordaz asumió la responsabilidad pero no la culpabilidad de los hechos acontecidos en la plaza de Tlatelolco en 1968. Ese día se propuso restaurar la situación previa al 26 de julio. Para ello tenía que definir tres escenarios: disolver el movimiento, reunificar al gobierno y designar a quien le habría de suceder en la Presidencia de la República. Hoy, sabemos gracias a los documentos desclasificados del gobierno mexicano y de la Casa Blanca que los enfrentamientos entre los integrantes de su gabinete, minaron su capacidad de mando. El hijo mayor de Díaz Ordaz, también llamado Gustavo, en una entrevista publicada el 2 de octubre de 2000 en el periódico Excélsior, señala que en las memorias inéditas de su padre se precisa que él instruyó al Ejército el 2 de octubre de 1968 para “permitir la manifestación de los estudiantes, pero que no salieran a hacer desorden”.

Cercano a su muerte, Díaz Ordaz entregó a su familia una serie de carpetas y cintas grabadas con sus memorias. Por decisión de sus herederos, hasta hoy han permanecido inéditas y no sabemos qué fue lo que influyó más en el ánimo y en la toma de decisiones de Díaz Ordaz respecto a la orden dada en el sentido de que no quería más “desordenes”.

En una recopilación editada por la revista Proceso en 1980, bajo el titulo 1968 el principio del poder, se alude que Díaz Ordaz agradeció al diputado Octavio Hernández una visita a Palacio Nacional y su apoyo por la matanza del 2 octubre en el siguiente tenor: “No sabe cuánto agradezco y estimo su felicitación –contestó–, porque es un privilegio recibirla y estrechar la mano de un hombre que tiene los huevos tan bien colocados como usted”.

A la fecha son escasas las publicaciones sobre lo acontecido en esos días. El libro Díaz Ordaz y el 68, de José Cabrera Parra, muestra desde dentro lo que sucedió en aquellas jornadas que podrían ubicarse, entre el 26 de julio y el 2 de octubre de 1968, pero le es imposible al autor armar el rompecabezas sin el respaldo público de las memorias del protagonista de los hechos. En el libro La presidencia imperial, Enrique Krauze reproduce algunos fragmentos de las memorias. El historiador explica en el texto cómo tuvo acceso a los documentos: “A sabiendas de que por razones de experiencia generacional y de convicción profunda, mi juicio sobre el desempeño político de su padre era y es francamente adverso, Gustavo (su hijo mayor) –sin mediar entre nosotros amistad ni conocimiento previos– no sólo accedió a dar su punto de vista y aportar sus recuerdos”.

Para el expresidente los verdaderos mártires fueron los soldados que murieron en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco “porque ellos eran los únicos que estaban cumpliendo con su deber”. Consciente que fueron “alrededor de treinta estudiantes” los que murieron en Tlatelolco”, el hijo mayor de Díaz Ordaz afirma en la entrevista publicada en 2000, que el movimiento estudiantil de 1968 está “muy manoseado y distorsionado” por gente sin escrúpulos con un afán protagonista. Todo lo que se pueda aclarar es bueno, y si se pudiera encontrar a los culpables” podría “limpiar el nombre de mi padre que como hijo me importa mucho”.

Los hechos históricos muestran que en repetidas ocasiones Díaz Ordaz intentó poner “orden”. El 1 de septiembre, el presidente amenazó con sofocar el movimiento estudiantil. El día 7 de septiembre se celebró un mitin en Tlatelolco. Dos días después, el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) hizo un llamado a la comunidad para volver a la normalidad, sin renunciar a sus fines. Hubo división de opiniones en torno al llamado del rector. El 13 de septiembre se celebró la manifestación del silencio, a lo largo del Paseo de la Reforma. El 18 de septiembre el Ejército ocupó Ciudad Universitaria. Sólo la actividad docente permanecía interrumpida. El 19 de septiembre, el rector protestó por la ocupación militar, que duró 12 días. La Cámara de Diputados, en voz de su líder Luis M. Farías, atacó al rector Javier Barros Sierra, quien presentó su renuncia, que no le fue aceptada. La Junta de Gobierno le pidió expresamente que permaneciera al frente de la UNAM. El 1 de octubre se reanudaron las labores de investigación, administración y, parcialmente, las de difusión cultural. El Consejo Nacional de Huelga (CNH) decidió mantener la huelga escolar.

La tarde del 2 de octubre de 1968, cuando la ciudad guardaba un sospechoso silencio, miles de estudiantes salieron a la calle a protestar contra el autoritarismo gubernamental, que se hacía presente en persecuciones, secuestros, torturas y asesinatos contra quienes mostraban públicamente su rechazo. El régimen respondió enviando al Ejército y toda su estructura policiaca a reprimir y asesinar a quienes osaron manifestarle su repudio. El 12 de octubre fueron inaugurados los XIX Juegos Olímpicos, en Ciudad Universitaria. Para ello, se declaró un periodo vacacional. Después de la clausura de los juegos, la actividad universitaria tendió a normalizarse. La huelga estudiantil concluyó oficialmente el 4 de diciembre.

El exjefe del Estado Mayor Presidencial en 1968, general Luis Gutiérrez Oropeza, en su libro titulado Memorias, publicado en 1988, señala que el presidente Gustavo Díaz Ordaz le instruyó: “Si en el desempeño de sus funciones tiene Usted que violar la Constitución, no me lo consulte porque yo, el presidente, nunca le autorizaré que la viole; pero si se trata de la seguridad de México o de la vida de mis familiares, viólela, pero donde yo me entere, yo, el presidente, lo corro y lo proceso, pero su amigo Gustavo Díaz Ordaz le vivirá agradecido”. La revelación de Gutiérrez Oropeza, al final de su texto llevaba explicita la idea de que la impunidad está avalada desde los más altos círculos del poder.

La vida de Díaz Ordaz quedó minada después del 2 de octubre. Irma Serrano se hizo célebre hace años por su relación amorosa con él. La actriz expuso en una entrevista publicada por La Jornada el 30 de septiembre de 1998, que “Díaz Ordaz quien vivía prácticamente en su casa, y por eso ella pudo constatar que ese día el entonces presidente estaba fuera de la ciudad y hasta el 3 de octubre se enteró de los hechos sangrientos”. En el relato de sus confidencias de alcoba expone un hecho relevante: ”Hay documentos para probarlo, pero el hijo de Díaz Ordaz que aún vive ha sido cobarde y tibio para defender a su padre y no ha sacado el libro que el expresidente ordenó publicar”.

Poco después de haber dejado la Presidencia, Díaz Ordaz viajó a Europa en compañía de su esposa, la cual había empezado a padecer delirios de persecución. Se pensó que mejoraría con el viaje, pero cuando visitaron la catedral de Chartres empezó a sufrir alucinaciones y los esposos tuvieron que regresar a México. Doña Guadalupe jamás se aliviaría. Vivió sus últimos años encerrada en su casa del Pedregal de San Ángel, en la calle Risco. Un paro cardiaco, provocado por una bronconeumonía, fue lo que llevó a la señora Borja a la tumba el 19 de julio de 1974.

En 1998, en una entrevista con la revista Milenio, el 28 de septiembre, Gustavo Díaz Ordaz Borja recordó aquellos días y la furia de la familia contra Luis Echeverría Álvarez. El siguiente es un fragmento textual.

¿Cuál es la percepción que tenía de Luis Echeverría?

—Lo traté antes de que fuera candidato. Pensé que era leal.

¿Ya cambió su opinión sobre la lealtad de Echeverría?

—No estoy seguro. La verdad es que no estoy seguro. La lealtad creo que no existió. En todo caso hubo una, la del secretario de Gobernación al presidente. Pero ahora de eso tampoco estoy seguro.

¿Luis Echeverría dice que tan pronto se hizo entrega del poder, nunca más volvió a ver a su padre y que incluso llegó a saber que éste se arrepentía, se miraba al espejo y se repetía: pendejo, pendejo…

—La verdad no sé en qué se base, pero no es cierto, porque a mi papá nunca lo escuché pendejearse. Probablemente sí se haya arrepentido de hacerlo candidato, pero no por la ruptura, sino porque vio que estaba empinando al país. Mi papá algún día dijo: “Sí Echeverría me hubiera echo algo a mí, yo se lo perdonaría, pero lo que le hizo al país no se lo puedo perdonar”.

¿Es verdad que ustedes estuvieron a punto de impedir que Luis Echeverría fuera al sepelio de su padre?

—Cuando supimos que iría, pedimos a José López Portillo que le dijera que no fuera. Vino un funcionario, un amigo común, nos dijo que el presidente, por unidad nacional, nos pedía que aceptáramos. Fue y desde luego tuvo un recibimiento muy frío.

Mi hermana Guadalupe no lo saludó, antes había dicho que lo abofetearía; tampoco Alfredo.

¿Por qué se sentían lastimados?

—No sentíamos que era sincero.

Agitadores profesionales

Díaz Ordaz se empeñó en mantener su versión, en el sentido de que “agitadores profesionales” metidos en el movimiento estudiantil eran los responsables de la masacre. En la conferencia de prensa que ofreció en 1977, al ser designado para ocupar la embajada de México en España, insistió: “Los disparos fueron hechos desde la azotea del edificio Chihuahua. De allá dispararon perversamente en contra de los soldados, contra sus propios compañeros; por el nerviosismo del momento y su falta de práctica en el manejo de las armas que ellos habían conseguido o que a ellos les habían dado, no pudieron controlar los disparos y no solamente hirieron y lesionaron a soldados, sino también a sus propios compañeros”.

Díaz Ordaz terminó refugiado en su amargura y soledad, las sombras de Tlatelolco le persiguen todavía.

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