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martes, 20 de noviembre de 2007

Semblanza y correspondencia de Juárez (6)


Le agradan a Juárez las manifestaciones espontáneas del pueblo

(México), mayo 22 de 1868
Señor general don Sóstenes Rocha

Guadalajara


Estimado amigo:

He recibido la apreciable de usted, fecha 14 del que cursa, y quedo enterado de su contenido.
No debe dar importancia de ninguna especie a la interpretación maliciosa que pretenden los díscolos dar a sus palabras. Tenga usted, como debe tener, la conciencia de su buen proceder, que cuenta con la aprobación del gobierno general, y no haga usted caso de los que intenten calumniarlo.
Mucho celebro que haya dictado las medidas convenientes para perseguir y castigar a los bandidos. Es necesario, en efecto, no dejarles descansar y tratarlos con todo el rigor de las leyes, sea cual fuere el pretexto que tomen para robar.
Quedo enterado de lo que me dice usted acerca de los asuntos locales de ese estado y tendré mucho gusto en ver a su recomendado, el señor Jones, cuando éste venga a esta capital.
Mucho agradezco a la Legislatura del estado haya resuelto bondadosamente el acuerdo que usted me anuncia y a usted el que se preparase a publicarlo por bando con toda solemnidad.
Soy franco: me lisonjean mucho, muchísimo, esas demostraciones espontáneas de los pueblos en cuanto significan que aprueban mis actos, que sancionan mis hechos y que están contentos de mi conducta. Por lo demás, creo sinceramente que nada he hecho más que cumplir con mi deber hasta donde permitían las circunstancias.
Supongo que ya estarán en ésa los presos enviados a Tepic.
Por acá seguimos bien. Va ese impreso para que vea usted el nuevo golpe dado por Cortina al ejército constitucional de Aureliano Rivera.
Sin más me repito de usted como siempre afectísimo amigo y atento seguro servidor q. b. s. m.

(Benito Juárez)

Fondo de Cultura Económica

Digna respuesta de Juárez a Maximiliano


Usted me ha dirigido una carta confidencial fechada el 2 del presente desde la fragata Novara. La cortesía me obliga a darle una respuesta, aunque no me haya sido posible meditarla, pues como usted comprenderá, el delicado e importante cargo de presidente de la República absorbe todo mi tiempo sin descansar ni aun por las noches.
El filibusterismo francés ha puesto en peligro nuestra nacionalidad y yo, que por mis principios y mis juramentos he sido llamado a sostener la integridad de la nación, su soberanía e independencia, he tenido que multiplicar mis esfuerzos para responder al sagrado depósito que la nación, en ejercicio de sus facultades soberanas, me ha confiado. Sin embargo, me he propuesto contestar aunque sea brevemente los puntos más importantes de su misiva.
Usted me dice que "abandonando la sucesión de un trono en Europa, su familia, sus amigos y sus propiedades y, lo que es más querido para un hombre, la patria, usted y su esposa doña Carlota han venido a estas lejanas y desconocidas tierras obedeciendo solamente al llamado espontáneo de la nación, que cifra en usted la felicidad de su futuro". Realmente admiro su generosidad, pero por otra parte me ha sorprendido grandemente encontrar en su carta la frase "llamado espontáneo", pues ya había visto antes que cuando los traidores de mi país se presentaron por su cuenta en Miramar a ofrecer a usted la corona de México, con las adhesiones de nueve o 10 pueblos de la nación, usted vio en todo esto una ridícula farsa indigna de que un hombre honesto y honrado la tomara en cuenta. En respuesta a esta absurda petición, contestó usted pidiendo la expresión libre de la voluntad nacional por medio de un sufragio universal. Esto era imposible, pero era la respuesta de un hombre honorable.
Ahora cuán grande es mi asombro al verlo llegar al territorio mexicano sin que ninguna de las condiciones demandadas hayan sido cumplidas y aceptar la misma farsa de los traidores, adoptar su lenguaje, condecorar y tomar a su servicio a bandidos como Márquez y Herrán y rodear a su persona de esta peligrosa clase de la sociedad mexicana. Francamente hablando me siento muy decepcionado, pues creí y esperé que usted sería una de esas organizaciones puras que la ambición no puede corromper.
Usted me invita cordialmente a la ciudad de México, a donde usted se dirige, para que tengamos una conferencia junto con otros jefes mexicanos que se encuentran actualmente en armas, prometiéndonos todas las fuerzas necesarias para que nos escolten en nuestro viaje, empeñando su palabra de honor, su fe pública y su honor, como garantía de nuestra seguridad.
Me es imposible, señor, acudir a este llamado. Mis ocupaciones oficiales no me lo permitirán. Pero si, en el ejercicio de mis funciones públicas, pudiera yo aceptar semejante invitación, no sería suficiente garantía la fe pública, la palabra y el honor de un agente de Napoleón, de un hombre cuya seguridad se encuentra en las manos de los traidores y de un hombre que representa en este momento, la causa de uno de los signatarios del Tratado de la Soledad. Aquí, en América, sabemos demasiado bien el valor que tiene esa fe pública, esa palabra y ese honor, tanto como sabe el pueblo francés lo que valen los juramentos y las promesas de Napoleón.
Me dice usted que no duda que de esta conferencia —en caso de que yo la aceptara— resultará la paz y la felicidad de la nación mexicana y que el futuro Imperio me reservará un puesto distinguido y que se contará con el auxilio de mi talento y de mi patriotismo.
Ciertamente, señor, la historia de nuestros tiempos registra el nombre de grandes traidores que han violado sus juramentos, su palabra y sus promesas; han traicionado a su propio partido, a sus principios, a sus antecedentes y a todo lo que es más sagrado para un hombre de honor y, en todos estos casos,el traidor ha sido guiado por una vil ambición de poder y por el miserable deseo de satisfacer sus propias pasiones y aun sus propios vicios, pero el encargado actual de la presidencia de la República salió de las masas oscuras del pueblo, sucumbirá, si es éste el deseo de la Providencia, cumpliendo su deber hasta el final, correspondiendo a la esperanza de la nación que preside y satisfaciendo los dictados de su propia conciencia.
Tengo que concluir por falta de tiempo, pero agregaré una última observación. Es dado al hombre, algunas veces, atacar los derechos de los otros, apoderarse de sus bienes, amenazar la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer que las más altas virtudes parezcan crímenes y a sus propios vicios darles el lustre de la verdadera virtud.
Pero existe una cosa que no puede alcanzar ni la falsedad ni la perfidia y que es la tremenda sentencia de la historia. Ella nos juzgará.

Semblanza y Correspondencia de Juárez
Fondo de Cultura Económica