De Manú Dornbierer en su columnas Satiricosas en la Jornada Guerrero.
En esta semana patria muchos trataron de levantarse el ánimo en el que los han sumido no los criticones ni las casandras portadoras de malas noticias, sino simplemente la cruda verdad de la estadísticas, literalmente abrumadora para México, como esa de Cepal que nos informa que somos el país de América en último lugar de la lista en materia de producción, hasta por debajo de islitas caribeñas. Para olvidar, mandaron las más bonitas fotos, exaltando la belleza física de nuestro país, enlistaron, zalameros y cariñosos, a sus amigos que sí funcionan, se chuparon los dedos describiendo platillos que la mayoría no puede comer. Creyeron así demostrar su patriotismo y tonificar al público con una buena dósis de viejas mentiras folklóricas que ocultan el desamparo en que se encuentra la mayoría de los habitantes de este país. Lo mismo y como siempre se desataron los cantantes. No seas antipatriota: Ve qué bonito es México. Luis Miguel cantó las bellezas del paisaje mexicano y otros las bondades del tequila (las principales marcas ya vendidas a los gringos, Herradura por ejemplo, a Jack Daniels) para olvidar a las malas mujeres, que no a los siniestros políticos neoliberales que nos han hundido.
Pero en ninguna pantalla mexicana está Raúl Martell. Sólo ocasionalmente en una gringa en Los Ángeles y sólo su Canto de Conciencia es congruente con la realidad actual de México, por ejemplo:
DICES QUE NO ME ENTIENDES
L y M. Raúl Martell
Dices que no me entiendes yo no entiendo que no entiendas / El amor a nuestra patria el amor a nuestra tierra / Dices que no me entiendes yo no entiendo que no entiendas / Y te quedes como estatua y que nunca te defiendas
Van roban tu dinero van roban tu esperanza / van robándose tu tiempo y te robarán confianza / Hoy vivimos en peligro de perder identidad / Los recursos de la tierra y también la libertad
Dices que no me entiendes yo no entiendo que no entiendas / Hay señales que señalan que por ahí viene la guerra / Dices que no me entiendes yo no entiendo que no entiendas / Caminamos cada día entre el hambre y la miseria
Esta forma de gobierno se parece a la locura / Y tus hijos y mis hijos pagarán esta factura / Son abusos del poder y nos vienen a joder / Y no entiendo que te creas, que ya no hay nada que hacer.
Dices que no me entiendes yo no entiendo que no entiendas / Que no busques, no investigues que no crezcas, que no leas / Dices que no me entiendes yo no entiendo que no entiendas / Y que digas con simpleza estas son cosas muy feas
Mira roban con descaro mira roban tu verdad / Mira tienen tantos medios manipulan con maldad / Míralos interesados controlando sin control / Ellos quieren que te mueras entre Fut Bol y en el alcohol
Dale paso a las ideas dale paso a la conciencia / Dale paso a la confianza y un abrazo a la experiencia / Dale paso a la Bandera y un abrazo a la razón / Y descubre por ti mismo esa voz del corazón / Dices que no me entiendes yo no entiendo que no entiendas
Auto spot de lujo
Y Calderón para variar se echó porras a principio del mes patrio, pero esta vez al estilo Mussolini, protegido en su palacio, encerrado con mil 400 invitados especiales, amanuenses listos al aplauso, muy agradecidos por haber sido seleccionados para asistir al acto ególatra menos republicano que se haya visto.
Por cierto increíble fue la reacción al respecto del Javier Corral, tan bravo antes de su diputación. Otra reacción incomprensible fue un artículo de fe de Ricardo Rocha, en que afirma “quiero creer”. Pocos que hay ¿y también los seducen?
Qué quieres creer, Ricardo? ¿en los próximos tres años se le quita lo espurio a Calderón por haber ocupado Los Pinos por sus militares pistolas los tres primeros? ¿es de veras el presidente del empleo? ¿Es correcto que la ladrona del rubro 33 en tiempos de Fox (Las manos sucias del PAN, José Reveles, Planeta, 2006) Josefina Vázquez Mota hoy jefa de los diputados panistas y César Nava, el abogado de Pemex de Marta Sahagún, que abrió sus arcas a los Bribiesca, hoy presidente del vergonzoso partido, cuestionen la “honorabilidad, profesionalismo e imparcialidad” de Arturo González de Aragón, titular de la Auditoría Superior de la Federación, quien periódicamente informa sobre despilfarros, ineficiencias y corrupciones? ¿que la guerra que le ordenó Bush a Calderón, la que ha propiciado más de 14 mil ejecuciones (el 70 % personas entre los 20 y los 35 años), que ha desquiciado a muchas regiones, aterrorizado a todo el país, ahuyentado al turismo, dislocado a la producción, debe ser motivo de gloria para el espurio sin freno?
A Calderón lo único que le interesa es mantenerse protegido por el Ejército al que ¿mandó aplaudir? en su desfile por las calles de la ciudad de México, mientras en lugares como Guerrero atormenta y humilla a la población indígena. Su nueva toma de posesión, encerrado en su palacio, no es más que reinstaurar el Día del presidente. ¿Cómo se iba a privar de ese gusto?
QUÉ VIVA LA ESPAÑA...
México celebra la independencia de España en el siglo XIX y ha estado paradójicamente en estos años a su lacayuno servicio en diversos rubros, pero sobre todo en materia turística. ¡Y hoy desaparece Calderón la Secretaría del ramo, como si fuera una más y sin importancia cuando el turismo es la tercera fuente de ingresos de México y podría ser la primera si éste fuera un país en paz y bien gobernado! Cancún, que cuesta dinerales, porque no tiene playas verdaderas (hay que formarlas con arena del fondo del mar) es objeto prioritario de la atención gubernamental porque la hotelería de la región pertenece a firmas españolas, prácticamente en su totalidad. Dinerales, incluyendo la publicidad en detrimento de otros polos turísticos, le cuesta en exceso al país ¡y para beneficiar a extranjeros!
Por otra parte, México celebra la independencia inconsciente que está por perder su mayor riqueza, sus variedades de maíz. ¿Qué nadie va a investigar seriamente el caso? Por arreglos con el vendepatrias, la criminal Monsanto está por iniciar la siembra de su maíz asesino en varios estados. Y el mejor distractor a los innumerables problemas nacionales es Cartens, el ¿ex? empleado del Banco Mundial aumentando el IVA en un 2 % y delvolviendo en cambio millones y millones de impuestos a las empresas transnacionales.
Francamente, no hay manera de creer en que un gobierno panista pueda mejorar. No cuando ni siquiera se habla de los miles de millones de dólares de los excedentes petroleros de los últimos 8 años que la burocracia panista se tragó, le robó a México. Otros, con esa barbaridad de dinero producido con los barriles de petróleo, también por órdenes del saqueador George W Bush, construyeron la fantástica ciudad de DUBAI, pero le dieron a la población local todo lo necesario para una vida mejor.
Y si hay que cantar en septiembre pues cantemos, pero con Raúl:
raulmartell@cancioneroweb.com
¿Qué le han hecho a mi País ?
L. y M. Raúl Martell
Que le han hecho a mi país? / Que lo ahoga la pobreza / A pesar de su valor / A pesar de su riqueza
Que le han hecho a mi país? / Hasta donde le han llevado... / Mira, la vulgaridad.. / Lo mantiene secuestrado / No te olvides mi país / De tu sangre de guerrero / De la gente que murió / Por saberle verdadero
No te olvides del nopal / En medio de una laguna / Ni del águila que calmó / Con la serpiente su hambruna / Que le han hecho a mi País? / Hay mercados de injusticia / Donde compran libertad / Los que ofenden la justicia
Que le han hecho a mi País? / La política no avanza... / Todos en la corrupción / Todos andan en la transa.. / No te olvides mi país / De tu historia y de tu gente / No te olvides que aquí estoy / Con el corazón caliente.. / Yo te ayudaré a salir / Y te ayudaré a crecer / Con la fuerza de pensar / Volverás a renacer...
Que le han hecho a mi País? / Quien le impone su destino..? / Quien le marca dirección...? / Quien le ha dado este camino...? / Que le han hecho a mi País? / Que le tienen engañado... / Con modelos de cartón / Con modelos importados / ¿Qué le han hecho a mi país? / ¿Qué le han hecho a mi país? / ¿Qué le han hecho a mi país? / ¿Qué le han hecho a mi país?
http://satiricosas.es.tl
Mostrando entradas con la etiqueta Neoliberalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Neoliberalismo. Mostrar todas las entradas
sábado, 19 de septiembre de 2009
martes, 15 de septiembre de 2009
Neoliberalismo, medios de comunicación y democracia
Por Ricardo Forster * en Página 12.
“El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que esto: ‘lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece’. La actitud que por principio exige es esa aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho gracias a su manera de aparecer sin réplica, gracias a su monopolio de las apariencias.” Guy Debord
1 En el mismo momento histórico en el que caía el Muro de Berlín y se desplomaba como un castillo de naipes el sistema soviético, cuando casi atónitos contemplamos la apertura de una época que de un modo arrollador se deshacía de imágenes, lenguajes políticos, ideologías y prácticas que habían convulsionado y apasionado durante más de un siglo a hombres y mujeres de las geografías más diversas y distantes, lo que emergió como exponente de una nueva época del mundo fue la forma neoliberal del capitalismo tardío.
Las últimas décadas del siglo XX estuvieron atravesadas por la hegemonía de un discurso que se ufanaba de haber concluido, de una vez y para siempre, con las disputas ideológicas, al mismo tiempo que afirmaba la llegada de un tiempo articulado alrededor de la economía de mercado y de la democracia liberal. Fin de la historia y muerte de las ideologías para desplazarse, ahora, por los espacios rutilantes del consumo, el reino de las mercancías y el goce hedonista. Los escenarios, ya antiguos, de las conflictividades políticas y sociales serían pacientemente reconstruidos en los nuevos museos temáticos, sitios interactivos en los que el visitante de estos tiempos poshistóricos podría contemplar aquello que sucedía en los días ideologizados. La paz del mercado desplazó, eso se anunció a los cuatro vientos, las oscuras turbulencias de una historia dominada por el conflicto y la intransigencia de los incontables, de esas masas anónimas, oscuras y resentidas que regresarían a ese sitio del que nunca debieron haber salido. Las tradiciones del igualitarismo fueron a parar al vertedero de la historia. Hizo su aparición triunfal el nuevo ciudadano-consumidor, figura arquetípica de un clivaje hiperindividualista en el interior de la sociedad, ese que se desplazaría con fervor de iniciado por los santuarios de las metrópolis contemporáneas: los shopping centers.
Pero lo que también comenzó a ser desmontado, junto con el vertiginoso giro de la economía de producción a la economía de especulación, fue el imaginario social que acompañó el tiempo del capitalismo bienestarista, aquel que hizo, a partir de la segunda posguerra, del Estado un referente insustituible a la hora de articular las relaciones entre el capital y el trabajo (del New Deal rooseveltiano, pasando por nuestra experiencia de un Estado de Bienestar bajo el primer peronismo hasta llegar a la edad de oro del bienestarismo socialdemócrata europeo, ese modelo fue lo propio de un largo período de la historia del siglo XX que sería brutalmente desmontado por el neoliberalismo allí donde inició su derrumbe el modelo, ya fracasado desde tiempo antes, del socialismo autoritario de la URSS, dejándole al capital, de todos modos, las manos libres para convertirse en el amo de la nueva situación mundial). El pasaje de la metáfora fabril a la metáfora financiera (adiós a las chimeneas y a los sindicatos, bienvenidos los yuppies de Wall Street, las carteras de inversores, la flexibilización laboral y el trabajo basura) vino a expresar la bancarrota de prácticas que remitían a una época esclerosada; puso en evidencia que estábamos en presencia de una mutación fundamental del capitalismo, y que esa mutación no iba a detenerse hasta resemantizar la totalidad de los lenguajes sociales, económicos, políticos y culturales.
Dicho de otra manera: el neoliberalismo, su lógica más profunda y decisiva, se dirigía hacia una transformación revolucionaria del conjunto de la vida social. En esa tarea de desmontaje de las viejas formas de vida y de representación, seguida de la construcción de una nueva subjetividad entramada con las demandas de la economía global de mercado, ocuparían un lugar central y privilegiado los grandes medios de comunicación. Pensar el neoliberalismo es interrogar por ese maridaje extraordinario entre mercancía e imagen, entre mercado y lenguaje mediático; es tratar de comprender el fenomenal proceso de culturalización de la política y de estetización de todas las esferas de la vida. Una de las derivaciones de este proceso ha sido la expropiación de la política, y su consiguiente vaciamiento, por el lenguaje de los medios de comunicación.
2 Lo que el filósofo francés Guy Debord, con anticipación genial –allá por los años ’60–, había denominado la “sociedad del espectáculo”, aquella que se desplazaba hacia el dominio pleno y escenográfico de la pasión consumista y de sus “paraísos artificiales”, transformando a los seres humanos en espectadores cada vez más pasivos del verdadero sujeto de la época, la mercancía, constituyó lo propio de la travesía neoliberal. Se trató de una apropiación, por parte del capitalismo, de las fantasías y los deseos al mismo tiempo que se expandía planetariamente la industria del espectáculo, y la cultura, adecuada a los lenguajes audiovisuales y a su enorme capacidad de penetración, se convertía en una mercancía clave para la producción de una nueva humanidad. Lo que había prefigurado Hollywood desde los años ’30 y ’40, mostrándose como la avanzada brillante, innovadora y compleja de la americanización del mundo, señalando la importancia decisiva de la industria del espectáculo como vanguardia en la construcción de los nuevos imaginarios sociales, terminó siendo la materia prima a partir de la que el neoliberalismo logró naturalizar sus valores y sus intereses. Es inimaginable el despliegue planetario, global, del capitalismo financiero-especulativo, su capacidad para volverse hegemónico, sin ese rol decisivo de los medios de comunicación.
Por esas paradojas de la historia, los primeros que se dieron cuenta de la monumental importancia de las nuevas tecnologías de la comunicación y su relación directa con la política fueron los regímenes fascistas. Mussolini en Italia y Hitler y Goebbels en Alemania capturaron con maestría mefistofélica los poderes que emergían de la radiofonía. Con el giro de los acontecimientos, y una vez derrotado el totalitarismo, las triunfantes democracias occidentales se apropiarían con igual fervor de los potenciales propagandísticos y generadores de imaginarios social-culturales, que se guardan en los medios de comunicación de masas. La política quedó atrapada en esa lógica discursiva e iconográfica al mismo tiempo que la estetización y espectacularización emanados de los recursos propios de esos lenguajes contaminaban casi todas las esferas de la vida cotidiana. La astucia genial del sistema fue proyectar en la compleja trama a la que llamamos sociedad (transformada, por los mismos medios, en “opinión pública”) la imagen de que la corporación mediática era portadora de independencia, autonomía y capacidad crítica al mismo tiempo que garantizaba la libertad de expresión. Lo que se logró fue invisibilizar los lazos esenciales que vinculaban y vinculan a estas empresas con los intereses económicos dominantes. El neoliberalismo, como ideología del capitalismo tardío, comprendió que no era posible garantizar una profunda transformación económica si, al mismo tiempo, no se cambiaba la manera de mirar el mundo y de comprender la realidad. De lo que se trató es de la intensiva producción de un nuevo sentido común.
Más allá de la sobrevaloración, siempre discutible, que se pueda hacer del papel de las corporaciones mediáticas como definidoras de la opinión pública y como constructoras decisivas del sentido común, lo cierto es que ocupan un lugar destacadísimo en la estrategia de dominación del neoliberalismo. Son un factor sin el cual le sería muy difícil, a esa ideología, transformar sus intereses particulares en intereses del conjunto de la sociedad, mutando prácticas egoístas y exclusivamente ligadas al lucro y la rentabilidad en valores naturalizados en el interior de las conciencias. La proliferación de los lenguajes audiovisuales, su profundo arraigo en la intimidad de la vida cotidiana exigen, de la misma sociedad, una indispensable herramienta que le permita legislar adecuadamente impidiendo que la tendencia a la concentración y a la monopolización hagan del espectro comunicacional una incansable repetición del sentido común neoliberal. Entre la ideología y el mito, los lenguajes emanados de la corporación mediática apuntalaron el despliegue de nuevas formas de la subjetividad adheridas al reino de valores de un capitalismo que se leyó a sí mismo como la estación final y consumada de la historia.
De ahí, entonces, la crucial importancia que adquiere, en términos de una ampliación de la circulación democrática de la comunicación y la información, el debate que se está llevando a cabo en el Congreso de la Nación en torno del proyecto de una nueva ley de servicios audiovisuales. Lo medular de la disputa político-cultural se juega en estas discusiones, no porque una ley vaya a garantizar una espontánea transformación de los valores reinantes sino porque, al menos, logrará impedir que sigan proliferando los monopolios y abrirá el juego para que otros actores entren en la conversación. De eso se trata, entre otras cosas, la democracia. Dicho de otro modo: en una sociedad atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y la información resulta inimaginable que ese campo abrumador y decisivo permanezca al margen de las grandes disputas político-culturales. En el interior de ese mundo en el mundo se despliegan imágenes, ideas, proyectos, lenguajes, formas de la sensibilidad, mitos que se entraman capilarmente en la cotidianidad de nuestras vidas. Leerlos desde la inocencia o creyendo que en su interior se privilegian centralmente los modos de la diversidad y la pluralidad constituye, a estas alturas de la travesía argentina y mundial, un desplazamiento del eje de la discusión hacia la más crasa complicidad con los factores de poder que se manifiestan en los núcleos duros y concentrados de los medios masivos de comunicación. La búsqueda, tal vez ilusoria pero imprescindible, de una mayor democratización en la distribución y producción de la comunicación es un desafío de primera magnitud a la hora de imaginar un giro más participativo y plural. El poder corporativo lo sabe y, por eso, va con todas sus armas contra un proyecto de servicios audiovisuales que viene a amenazar su hegemonía.
* Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
“El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que esto: ‘lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece’. La actitud que por principio exige es esa aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho gracias a su manera de aparecer sin réplica, gracias a su monopolio de las apariencias.” Guy Debord
1 En el mismo momento histórico en el que caía el Muro de Berlín y se desplomaba como un castillo de naipes el sistema soviético, cuando casi atónitos contemplamos la apertura de una época que de un modo arrollador se deshacía de imágenes, lenguajes políticos, ideologías y prácticas que habían convulsionado y apasionado durante más de un siglo a hombres y mujeres de las geografías más diversas y distantes, lo que emergió como exponente de una nueva época del mundo fue la forma neoliberal del capitalismo tardío.
Las últimas décadas del siglo XX estuvieron atravesadas por la hegemonía de un discurso que se ufanaba de haber concluido, de una vez y para siempre, con las disputas ideológicas, al mismo tiempo que afirmaba la llegada de un tiempo articulado alrededor de la economía de mercado y de la democracia liberal. Fin de la historia y muerte de las ideologías para desplazarse, ahora, por los espacios rutilantes del consumo, el reino de las mercancías y el goce hedonista. Los escenarios, ya antiguos, de las conflictividades políticas y sociales serían pacientemente reconstruidos en los nuevos museos temáticos, sitios interactivos en los que el visitante de estos tiempos poshistóricos podría contemplar aquello que sucedía en los días ideologizados. La paz del mercado desplazó, eso se anunció a los cuatro vientos, las oscuras turbulencias de una historia dominada por el conflicto y la intransigencia de los incontables, de esas masas anónimas, oscuras y resentidas que regresarían a ese sitio del que nunca debieron haber salido. Las tradiciones del igualitarismo fueron a parar al vertedero de la historia. Hizo su aparición triunfal el nuevo ciudadano-consumidor, figura arquetípica de un clivaje hiperindividualista en el interior de la sociedad, ese que se desplazaría con fervor de iniciado por los santuarios de las metrópolis contemporáneas: los shopping centers.
Pero lo que también comenzó a ser desmontado, junto con el vertiginoso giro de la economía de producción a la economía de especulación, fue el imaginario social que acompañó el tiempo del capitalismo bienestarista, aquel que hizo, a partir de la segunda posguerra, del Estado un referente insustituible a la hora de articular las relaciones entre el capital y el trabajo (del New Deal rooseveltiano, pasando por nuestra experiencia de un Estado de Bienestar bajo el primer peronismo hasta llegar a la edad de oro del bienestarismo socialdemócrata europeo, ese modelo fue lo propio de un largo período de la historia del siglo XX que sería brutalmente desmontado por el neoliberalismo allí donde inició su derrumbe el modelo, ya fracasado desde tiempo antes, del socialismo autoritario de la URSS, dejándole al capital, de todos modos, las manos libres para convertirse en el amo de la nueva situación mundial). El pasaje de la metáfora fabril a la metáfora financiera (adiós a las chimeneas y a los sindicatos, bienvenidos los yuppies de Wall Street, las carteras de inversores, la flexibilización laboral y el trabajo basura) vino a expresar la bancarrota de prácticas que remitían a una época esclerosada; puso en evidencia que estábamos en presencia de una mutación fundamental del capitalismo, y que esa mutación no iba a detenerse hasta resemantizar la totalidad de los lenguajes sociales, económicos, políticos y culturales.
Dicho de otra manera: el neoliberalismo, su lógica más profunda y decisiva, se dirigía hacia una transformación revolucionaria del conjunto de la vida social. En esa tarea de desmontaje de las viejas formas de vida y de representación, seguida de la construcción de una nueva subjetividad entramada con las demandas de la economía global de mercado, ocuparían un lugar central y privilegiado los grandes medios de comunicación. Pensar el neoliberalismo es interrogar por ese maridaje extraordinario entre mercancía e imagen, entre mercado y lenguaje mediático; es tratar de comprender el fenomenal proceso de culturalización de la política y de estetización de todas las esferas de la vida. Una de las derivaciones de este proceso ha sido la expropiación de la política, y su consiguiente vaciamiento, por el lenguaje de los medios de comunicación.
2 Lo que el filósofo francés Guy Debord, con anticipación genial –allá por los años ’60–, había denominado la “sociedad del espectáculo”, aquella que se desplazaba hacia el dominio pleno y escenográfico de la pasión consumista y de sus “paraísos artificiales”, transformando a los seres humanos en espectadores cada vez más pasivos del verdadero sujeto de la época, la mercancía, constituyó lo propio de la travesía neoliberal. Se trató de una apropiación, por parte del capitalismo, de las fantasías y los deseos al mismo tiempo que se expandía planetariamente la industria del espectáculo, y la cultura, adecuada a los lenguajes audiovisuales y a su enorme capacidad de penetración, se convertía en una mercancía clave para la producción de una nueva humanidad. Lo que había prefigurado Hollywood desde los años ’30 y ’40, mostrándose como la avanzada brillante, innovadora y compleja de la americanización del mundo, señalando la importancia decisiva de la industria del espectáculo como vanguardia en la construcción de los nuevos imaginarios sociales, terminó siendo la materia prima a partir de la que el neoliberalismo logró naturalizar sus valores y sus intereses. Es inimaginable el despliegue planetario, global, del capitalismo financiero-especulativo, su capacidad para volverse hegemónico, sin ese rol decisivo de los medios de comunicación.
Por esas paradojas de la historia, los primeros que se dieron cuenta de la monumental importancia de las nuevas tecnologías de la comunicación y su relación directa con la política fueron los regímenes fascistas. Mussolini en Italia y Hitler y Goebbels en Alemania capturaron con maestría mefistofélica los poderes que emergían de la radiofonía. Con el giro de los acontecimientos, y una vez derrotado el totalitarismo, las triunfantes democracias occidentales se apropiarían con igual fervor de los potenciales propagandísticos y generadores de imaginarios social-culturales, que se guardan en los medios de comunicación de masas. La política quedó atrapada en esa lógica discursiva e iconográfica al mismo tiempo que la estetización y espectacularización emanados de los recursos propios de esos lenguajes contaminaban casi todas las esferas de la vida cotidiana. La astucia genial del sistema fue proyectar en la compleja trama a la que llamamos sociedad (transformada, por los mismos medios, en “opinión pública”) la imagen de que la corporación mediática era portadora de independencia, autonomía y capacidad crítica al mismo tiempo que garantizaba la libertad de expresión. Lo que se logró fue invisibilizar los lazos esenciales que vinculaban y vinculan a estas empresas con los intereses económicos dominantes. El neoliberalismo, como ideología del capitalismo tardío, comprendió que no era posible garantizar una profunda transformación económica si, al mismo tiempo, no se cambiaba la manera de mirar el mundo y de comprender la realidad. De lo que se trató es de la intensiva producción de un nuevo sentido común.
Más allá de la sobrevaloración, siempre discutible, que se pueda hacer del papel de las corporaciones mediáticas como definidoras de la opinión pública y como constructoras decisivas del sentido común, lo cierto es que ocupan un lugar destacadísimo en la estrategia de dominación del neoliberalismo. Son un factor sin el cual le sería muy difícil, a esa ideología, transformar sus intereses particulares en intereses del conjunto de la sociedad, mutando prácticas egoístas y exclusivamente ligadas al lucro y la rentabilidad en valores naturalizados en el interior de las conciencias. La proliferación de los lenguajes audiovisuales, su profundo arraigo en la intimidad de la vida cotidiana exigen, de la misma sociedad, una indispensable herramienta que le permita legislar adecuadamente impidiendo que la tendencia a la concentración y a la monopolización hagan del espectro comunicacional una incansable repetición del sentido común neoliberal. Entre la ideología y el mito, los lenguajes emanados de la corporación mediática apuntalaron el despliegue de nuevas formas de la subjetividad adheridas al reino de valores de un capitalismo que se leyó a sí mismo como la estación final y consumada de la historia.
De ahí, entonces, la crucial importancia que adquiere, en términos de una ampliación de la circulación democrática de la comunicación y la información, el debate que se está llevando a cabo en el Congreso de la Nación en torno del proyecto de una nueva ley de servicios audiovisuales. Lo medular de la disputa político-cultural se juega en estas discusiones, no porque una ley vaya a garantizar una espontánea transformación de los valores reinantes sino porque, al menos, logrará impedir que sigan proliferando los monopolios y abrirá el juego para que otros actores entren en la conversación. De eso se trata, entre otras cosas, la democracia. Dicho de otro modo: en una sociedad atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y la información resulta inimaginable que ese campo abrumador y decisivo permanezca al margen de las grandes disputas político-culturales. En el interior de ese mundo en el mundo se despliegan imágenes, ideas, proyectos, lenguajes, formas de la sensibilidad, mitos que se entraman capilarmente en la cotidianidad de nuestras vidas. Leerlos desde la inocencia o creyendo que en su interior se privilegian centralmente los modos de la diversidad y la pluralidad constituye, a estas alturas de la travesía argentina y mundial, un desplazamiento del eje de la discusión hacia la más crasa complicidad con los factores de poder que se manifiestan en los núcleos duros y concentrados de los medios masivos de comunicación. La búsqueda, tal vez ilusoria pero imprescindible, de una mayor democratización en la distribución y producción de la comunicación es un desafío de primera magnitud a la hora de imaginar un giro más participativo y plural. El poder corporativo lo sabe y, por eso, va con todas sus armas contra un proyecto de servicios audiovisuales que viene a amenazar su hegemonía.
* Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
domingo, 25 de mayo de 2008
Neoliberalismo
Comentario:
En la página del Wikipedia sobre el neoliberalismo se traen un debate muy interesante. Sólo me voy a referir al uso del término.
A un amigo le preguntaba si la palabra neoliberalismo es de uso general y no me supo contestar y es que al ver las imágenes de los altermundistas protestando en las cumbres de los países más ricos, nunca se ve un cartel que utilice la palabra neoliberalismo, o bien, no me ha tocado verlo. En el debate en el Wikipedia tocan este tema del uso de la palabra.
La página detalla históricamente de que trata esta doctrina económica y nos sirve para entender la razón por la que es tan insensible al dolor humano, ya que su aplicación ha generado pobreza extrema en los países que la siguen como modelo económico y politico.
Les dejo la liga de los sitios y un extracto de la página
Neoliberalismo
El término neoliberalismo es un neologismo que hace referencia a una doctrina económica y política que considera contraproducente el excesivo intervencionismo estatal en materia social o en la economía y defiende el libre mercado capitalista como mejor garante del equilibrio y el crecimiento económicos, salvo ante la presencia de las denominadas fallas del mercado.[1] Se suele considerar como una reaparición del liberalismo decimonónico, aunque esta afirmación no es del todo exacta por la ambigüedad ideológica que presenta como el concepto. Es usado con el fin de agrupar a un conjunto de ideologías y teorías económicas que defienden, según sus defensores, los intereses particulares de cada individuo y según sus críticos, los intereses de los grandes grupos económicos.
Origen y uso actual del término
El llamado neoliberalismo en buena medida, fruto del trabajo teórico de economistas de la Escuela de Chicago como Milton Friedman que desde mediados de los años 50 se convirtieron en críticos opositores de las políticas de intervención económica que se adoptaban en todo el mundo. A finales de los años 70 sus teorías ganaron amplia popularidad en el mundo académico y político por dar respuesta al fracaso del keynesianismo en la gestión de la crisis de 1973. En efecto, la aplicación de los preceptos keynesianos, no sólo no creaba empleo sino que además desató una epidemia inflacionaria mundial (estanflación) y creó unos déficit presupuestarios insostenibles. La crítica de estos autores tenía tres vertientes: discutían el uso del aumento de la masa monetaria como instrumento para crear demanda agregada recomendando mantener fija dicha magnitud; desaconsejaban el uso de la política fiscal, especialmente el uso del constante déficit presupuestario, poniendo en duda el multiplicador keynesiano; y recomendaban una reducción en los gastos del Estado como única forma práctica de incrementar la demanda agregada.
En aquellos mismos años los trabajos de la Escuela Austríaca, como los de Friedrich Hayek, Ludwig von Mises y Carl Menger, empezaron a tener mayor relevancia; aunque esta escuela discrepa tanto con el keynesianismo como del monetarismo asociado comúnmente al denominado neoliberalismo. La mayor parte de los aportes teóricos fueron rápidamente aceptados poniendo fin a la predominancia que el keynesianismo había la mayoría de escuelas de pensamiento económico desde los años 30. Tanto Margaret Thatcher como la administración de Reagan pusieron en práctica estas teorías con resultados desiguales. En el Reino Unido, se realizó una fuerte reducción en el tamaño del sector público que, si bien tuvo consecuencias negativas en el corto plazo en el terreno social, reactivó la economía y dio una gran dinamismo al sector productivo. En los Estados Unidos, similares medidas chocaron con el aparato político y la vocación militarista del entorno de Reagan por lo que solo se logró crear un gran déficit fiscal (las iniciativas de reducción de impuestos prosperaron pero no las de control del gasto social o del gasto militar que eran las principales partidas).
Leer más...
Debate sobre neoliberalismo en Wikipedia
En la página del Wikipedia sobre el neoliberalismo se traen un debate muy interesante. Sólo me voy a referir al uso del término.
A un amigo le preguntaba si la palabra neoliberalismo es de uso general y no me supo contestar y es que al ver las imágenes de los altermundistas protestando en las cumbres de los países más ricos, nunca se ve un cartel que utilice la palabra neoliberalismo, o bien, no me ha tocado verlo. En el debate en el Wikipedia tocan este tema del uso de la palabra.
La página detalla históricamente de que trata esta doctrina económica y nos sirve para entender la razón por la que es tan insensible al dolor humano, ya que su aplicación ha generado pobreza extrema en los países que la siguen como modelo económico y politico.
Les dejo la liga de los sitios y un extracto de la página
Neoliberalismo
El término neoliberalismo es un neologismo que hace referencia a una doctrina económica y política que considera contraproducente el excesivo intervencionismo estatal en materia social o en la economía y defiende el libre mercado capitalista como mejor garante del equilibrio y el crecimiento económicos, salvo ante la presencia de las denominadas fallas del mercado.[1] Se suele considerar como una reaparición del liberalismo decimonónico, aunque esta afirmación no es del todo exacta por la ambigüedad ideológica que presenta como el concepto. Es usado con el fin de agrupar a un conjunto de ideologías y teorías económicas que defienden, según sus defensores, los intereses particulares de cada individuo y según sus críticos, los intereses de los grandes grupos económicos.
Origen y uso actual del término
El llamado neoliberalismo en buena medida, fruto del trabajo teórico de economistas de la Escuela de Chicago como Milton Friedman que desde mediados de los años 50 se convirtieron en críticos opositores de las políticas de intervención económica que se adoptaban en todo el mundo. A finales de los años 70 sus teorías ganaron amplia popularidad en el mundo académico y político por dar respuesta al fracaso del keynesianismo en la gestión de la crisis de 1973. En efecto, la aplicación de los preceptos keynesianos, no sólo no creaba empleo sino que además desató una epidemia inflacionaria mundial (estanflación) y creó unos déficit presupuestarios insostenibles. La crítica de estos autores tenía tres vertientes: discutían el uso del aumento de la masa monetaria como instrumento para crear demanda agregada recomendando mantener fija dicha magnitud; desaconsejaban el uso de la política fiscal, especialmente el uso del constante déficit presupuestario, poniendo en duda el multiplicador keynesiano; y recomendaban una reducción en los gastos del Estado como única forma práctica de incrementar la demanda agregada.
En aquellos mismos años los trabajos de la Escuela Austríaca, como los de Friedrich Hayek, Ludwig von Mises y Carl Menger, empezaron a tener mayor relevancia; aunque esta escuela discrepa tanto con el keynesianismo como del monetarismo asociado comúnmente al denominado neoliberalismo. La mayor parte de los aportes teóricos fueron rápidamente aceptados poniendo fin a la predominancia que el keynesianismo había la mayoría de escuelas de pensamiento económico desde los años 30. Tanto Margaret Thatcher como la administración de Reagan pusieron en práctica estas teorías con resultados desiguales. En el Reino Unido, se realizó una fuerte reducción en el tamaño del sector público que, si bien tuvo consecuencias negativas en el corto plazo en el terreno social, reactivó la economía y dio una gran dinamismo al sector productivo. En los Estados Unidos, similares medidas chocaron con el aparato político y la vocación militarista del entorno de Reagan por lo que solo se logró crear un gran déficit fiscal (las iniciativas de reducción de impuestos prosperaron pero no las de control del gasto social o del gasto militar que eran las principales partidas).
Leer más...
Debate sobre neoliberalismo en Wikipedia
Consenso de Washington, ¿Qué es?
Comentario:
Se habla tanto del neoliberalismo y del Consenso de Washington que lo mejor era buscar un poco de la historia de estos términos. Recuerdo que a finales de los años 80, algunos intelectuales, a los que hoy les podemos agregar el calificativo de orgánicos, hablaban del liberalismo social de Salinas y en ocasiones mencionaban la palabra neoliberalismo, pero el Consenso de Washington data de 1990, así que las politicas que se vienen aplicando en México deben basarse en este Consenso, pero también deben tener otro origen.
Aquí algo que encontré en el Wikipedia
De Wikipedia, la enciclopedia libre
Se entiende por Consenso de Washington un listado de políticas económicas consideradas durante los años 1990 por los organismos financieros internacionales y centros económicos con sede en Washington DC, Estados Unidos, como el mejor programa económico que los países latinoamericanos debían aplicar para impulsar el crecimiento. A lo largo de la década el listado y sus fundamentos económicos e ideológicos, tomaron la característica de un programa general.
Tabla de contenidos
1 Contenido
2 Críticas al consenso
3 Referencias
4 Enlaces externos
En realidad el Consenso de Washington fue formulado originalmente por John Williamson en un documento de noviembre de 1989 ("What Washington Means by Policy Reform" que puede traducirse como "Lo que Washington quiere decir por reformas políticas"). Fue elaborado como documento de trabajo para una conferencia organizada por el Institute for International Economics, al que pertenece Williamson..
El propio Williamson cuenta que en ese histórico borrador, incluyó "una lista de diez políticas que yo pensaba eran más o menos aceptadas por todo el mundo en Washington y lo titulé el Consenso de Washington".[1] Originalmente ese paquete de medidas económicas estaba pensado para los países de América Latina, pero con los años se convirtió en un programa general.
Disciplina fiscal
Reordenamiento de las prioridades del gasto público
Reforma Impositiva
Liberalización de las tasas de interés
Una tasa de cambio competitiva
Liberalización del comercio internacional (trade liberalization)
Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas
Privatización
Desregulación
Derechos de propiedad
Hay que puntualizar que por "Washington", Williamson entendía el complejo político-económico-intelectual que tienen sede en Washington: los organismos financieros internacionales (FMI, BM), el Congreso de los EEUU, la Reserva Federal, los altos cargos de la Administración y los institutos de expertos (think tanks) económicos.
Esa breve lista tomó autonomía y se constituyó en la base de lo que luego se denominará neoliberalismo. Con posterioridad la "lista" inicial fue completada, ampliada, explicada, y corregida. Se ha hablado del Consenso de Washington II, y del Consenso de Washington III.
Críticas al consenso
Asimismo el Consenso de Washington ha recibido gran cantidad de críticas. Quizás las más importantes sean las que le formulara Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y ex vicepresidente del Banco Mundial.
Muchos críticos de la liberación económica tales como Noam Chomsky y Naomi Klein, ven en el Consenso de Washington un medio para abrir el mercado laboral de las economías del mundo subdesarrollado a la explotación de compañías del primer mundo. La prescripción de la reducción en aranceles y otras barreras comerciales que permiten el libre flujo de bienes a través de las fronteras siguiendo las fuerzas del mercado, sin embargo al trabajo no le está permitido moverse libremente a través de las fronteras debido a restricciones propias de migración en cada nación, con restricciones más duras en los países desarrollados. Lo anterior genera un clima económico donde los bienes son manufacturados utilizando mano de obra barata en los países con economías en subdesarrollo y luego exportadas al primer mundo para su venta a un mercado inmenso, con el balance comercial resultante en beneficio típico de las grandes multinacionales.
Leer más...
Se habla tanto del neoliberalismo y del Consenso de Washington que lo mejor era buscar un poco de la historia de estos términos. Recuerdo que a finales de los años 80, algunos intelectuales, a los que hoy les podemos agregar el calificativo de orgánicos, hablaban del liberalismo social de Salinas y en ocasiones mencionaban la palabra neoliberalismo, pero el Consenso de Washington data de 1990, así que las politicas que se vienen aplicando en México deben basarse en este Consenso, pero también deben tener otro origen.
Aquí algo que encontré en el Wikipedia
De Wikipedia, la enciclopedia libre
Se entiende por Consenso de Washington un listado de políticas económicas consideradas durante los años 1990 por los organismos financieros internacionales y centros económicos con sede en Washington DC, Estados Unidos, como el mejor programa económico que los países latinoamericanos debían aplicar para impulsar el crecimiento. A lo largo de la década el listado y sus fundamentos económicos e ideológicos, tomaron la característica de un programa general.
Tabla de contenidos
1 Contenido
2 Críticas al consenso
3 Referencias
4 Enlaces externos
En realidad el Consenso de Washington fue formulado originalmente por John Williamson en un documento de noviembre de 1989 ("What Washington Means by Policy Reform" que puede traducirse como "Lo que Washington quiere decir por reformas políticas"). Fue elaborado como documento de trabajo para una conferencia organizada por el Institute for International Economics, al que pertenece Williamson..
El propio Williamson cuenta que en ese histórico borrador, incluyó "una lista de diez políticas que yo pensaba eran más o menos aceptadas por todo el mundo en Washington y lo titulé el Consenso de Washington".[1] Originalmente ese paquete de medidas económicas estaba pensado para los países de América Latina, pero con los años se convirtió en un programa general.
Disciplina fiscal
Reordenamiento de las prioridades del gasto público
Reforma Impositiva
Liberalización de las tasas de interés
Una tasa de cambio competitiva
Liberalización del comercio internacional (trade liberalization)
Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas
Privatización
Desregulación
Derechos de propiedad
Hay que puntualizar que por "Washington", Williamson entendía el complejo político-económico-intelectual que tienen sede en Washington: los organismos financieros internacionales (FMI, BM), el Congreso de los EEUU, la Reserva Federal, los altos cargos de la Administración y los institutos de expertos (think tanks) económicos.
Esa breve lista tomó autonomía y se constituyó en la base de lo que luego se denominará neoliberalismo. Con posterioridad la "lista" inicial fue completada, ampliada, explicada, y corregida. Se ha hablado del Consenso de Washington II, y del Consenso de Washington III.
Críticas al consenso
Asimismo el Consenso de Washington ha recibido gran cantidad de críticas. Quizás las más importantes sean las que le formulara Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y ex vicepresidente del Banco Mundial.
Muchos críticos de la liberación económica tales como Noam Chomsky y Naomi Klein, ven en el Consenso de Washington un medio para abrir el mercado laboral de las economías del mundo subdesarrollado a la explotación de compañías del primer mundo. La prescripción de la reducción en aranceles y otras barreras comerciales que permiten el libre flujo de bienes a través de las fronteras siguiendo las fuerzas del mercado, sin embargo al trabajo no le está permitido moverse libremente a través de las fronteras debido a restricciones propias de migración en cada nación, con restricciones más duras en los países desarrollados. Lo anterior genera un clima económico donde los bienes son manufacturados utilizando mano de obra barata en los países con economías en subdesarrollo y luego exportadas al primer mundo para su venta a un mercado inmenso, con el balance comercial resultante en beneficio típico de las grandes multinacionales.
Leer más...
Etiquetas:
consenso de washington,
Neoliberalismo
martes, 13 de noviembre de 2007
El dilema o la resistencia al cambio
Nota:
El temor al cambio es algo inherente al ser humano, por eso AMLO pide que comencemos por revolucionar nuestra conciencia, nuestra forma de pensar y de ver la vida. Tenemos que comenzar a buscar el cambio en nosotros, para rechazar cosas como la corrupción, la violencia, la injusticia, etc.
AMLO nos menciona que antes la lucha era entre conservadores y liberales, ahora con la llegada del neoliberalismo, es mejor decir que la lucha es entre neoliberales y progresistas. El neoliberalismo, se vea como se vea, es conservador o quiere ser revolucionario pero para beneficio de unos cuantos y los progresistas buscamos que el beneficio sea para todos. Queremos la igualdad en todos sus aspectos.
René Drucker Colín
El dilema
A mí siempre me ha llamado la atención lo difícil que es para el ser humano llevar a cabo cambios: cambios en su vida, cambios en su organización y en sus estructuras en general. Quizás por eso las cosas no cambian, o si cambian se requiere de inmensos espacios en el tiempo. Esto quizás tenga que ver con que todos necesitamos cierto orden en nuestra vida; de hecho, podría casi asegurar que cualquier cosa que hacemos presupone algún tipo de orden. Voy a dar un ejemplo muy sencillo para ilustrar.
Nuestros sentidos (tacto, olfato, visión, etcétera) trabajan mediante una selección de similitudes y diferencias. Tomemos la visión. Diariamente entramos a nuestra habitación, oficina o espacios con los cuales tenemos una relación cotidiana que, diría yo, de alguna manera implica un grado de seguridad personal. Estamos plenamente identificados con nuestro espacio, a tal grado que nuestra visión es particularmente sensible a cualquier cambio, el cual se acompaña de un grado de incertidumbre que pone en riesgo nuestra percepción de integridad. Esta capacidad de detección naturalmente nos permite tener la posibilidad de reaccionar para preservar dicha integridad. Desde luego, la preservación de la especie ha dependido altamente de esta capacidad de detectar lo que ha cambiado en el medio en que se ha acostumbrado a estar el organismo.
Queda claro, pues, que la aptitud de categorizar está fuertemente unida a la percepción, comunicación que opera dentro del contexto global de una estructura social dinámica. Esto implica que podemos usar la percepción o detección de cambios de manera creativa para generar modificaciones que pueden ser útiles. Sin embargo, la más de veces ante la percepción de un cambio en el entorno, los individuos con capacidad de hacerlo restituyen el orden acostumbrado. El orden al que estamos acostumbrados se muda con grandes resistencias y, por lo tanto, el orden establecido permanece por tiempos muy prolongados. El orden establecido nos da seguridad, nos identifica y, más que nada, nos permite tener control. Si un pequeño cambio en nuestra percepción de una habitación nos genera de inmediato una señal de alerta, ¿qué no será cuando las amenazas de cambio están referenciadas hacia cambios estructurales, sociales y económicos?, pero sobre todo para las clases que detentan el poder. Por eso, la referencia de Will Rogers es pertinente. A mi juicio, México sí está en un pozo del cual parece no poder salir; sin embargo, se sigue cavando ese pozo, pues los cambios que se requieren generan incertidumbre para algunas clases sociales que no se atreven a perder de vista la orilla a la cual están aferradas.
Los virulentos ataques de algunos sectores de la sociedad mexicana y de algunos comunicadores hacia Hugo Chávez sólo muestran la enorme miopía que padecen en cuanto a las posibilidades que un cambio en la política hemisférica, pudiera en el futuro favorecer el desarrollo latinoamericano. Se prefiere el orden establecido a enfrentar el sometimiento que se ha padecido desde la posguerra.
Desde el poder en México, cualquier alianza que represente un viraje o enfrentamiento al orden establecido, se considera una amenaza. Y no es que Chávez o los otros gobiernos más socialistas que han sido recientemente elegidos en otros países latinoamericanos tengan la verdad en la mano, pero lo que sí tienen es el valor de procurar generar un cambio, con todo y sus riesgos y posibles errores.
¿Que no será tiempo de que México haga lo propio antes de que el pozo nos entierre a todos? El dilema, pues, está entre definir si podría la clase política arriesgar con inteligencia modificaciones a las estructuras económica actuales o preservar lo que a todas luces no estimula el crecimiento nacional.
La Jornada 13 de noviembre del 2007
El temor al cambio es algo inherente al ser humano, por eso AMLO pide que comencemos por revolucionar nuestra conciencia, nuestra forma de pensar y de ver la vida. Tenemos que comenzar a buscar el cambio en nosotros, para rechazar cosas como la corrupción, la violencia, la injusticia, etc.
AMLO nos menciona que antes la lucha era entre conservadores y liberales, ahora con la llegada del neoliberalismo, es mejor decir que la lucha es entre neoliberales y progresistas. El neoliberalismo, se vea como se vea, es conservador o quiere ser revolucionario pero para beneficio de unos cuantos y los progresistas buscamos que el beneficio sea para todos. Queremos la igualdad en todos sus aspectos.
René Drucker Colín
El dilema
A mí siempre me ha llamado la atención lo difícil que es para el ser humano llevar a cabo cambios: cambios en su vida, cambios en su organización y en sus estructuras en general. Quizás por eso las cosas no cambian, o si cambian se requiere de inmensos espacios en el tiempo. Esto quizás tenga que ver con que todos necesitamos cierto orden en nuestra vida; de hecho, podría casi asegurar que cualquier cosa que hacemos presupone algún tipo de orden. Voy a dar un ejemplo muy sencillo para ilustrar.
Nuestros sentidos (tacto, olfato, visión, etcétera) trabajan mediante una selección de similitudes y diferencias. Tomemos la visión. Diariamente entramos a nuestra habitación, oficina o espacios con los cuales tenemos una relación cotidiana que, diría yo, de alguna manera implica un grado de seguridad personal. Estamos plenamente identificados con nuestro espacio, a tal grado que nuestra visión es particularmente sensible a cualquier cambio, el cual se acompaña de un grado de incertidumbre que pone en riesgo nuestra percepción de integridad. Esta capacidad de detección naturalmente nos permite tener la posibilidad de reaccionar para preservar dicha integridad. Desde luego, la preservación de la especie ha dependido altamente de esta capacidad de detectar lo que ha cambiado en el medio en que se ha acostumbrado a estar el organismo.
Queda claro, pues, que la aptitud de categorizar está fuertemente unida a la percepción, comunicación que opera dentro del contexto global de una estructura social dinámica. Esto implica que podemos usar la percepción o detección de cambios de manera creativa para generar modificaciones que pueden ser útiles. Sin embargo, la más de veces ante la percepción de un cambio en el entorno, los individuos con capacidad de hacerlo restituyen el orden acostumbrado. El orden al que estamos acostumbrados se muda con grandes resistencias y, por lo tanto, el orden establecido permanece por tiempos muy prolongados. El orden establecido nos da seguridad, nos identifica y, más que nada, nos permite tener control. Si un pequeño cambio en nuestra percepción de una habitación nos genera de inmediato una señal de alerta, ¿qué no será cuando las amenazas de cambio están referenciadas hacia cambios estructurales, sociales y económicos?, pero sobre todo para las clases que detentan el poder. Por eso, la referencia de Will Rogers es pertinente. A mi juicio, México sí está en un pozo del cual parece no poder salir; sin embargo, se sigue cavando ese pozo, pues los cambios que se requieren generan incertidumbre para algunas clases sociales que no se atreven a perder de vista la orilla a la cual están aferradas.
Los virulentos ataques de algunos sectores de la sociedad mexicana y de algunos comunicadores hacia Hugo Chávez sólo muestran la enorme miopía que padecen en cuanto a las posibilidades que un cambio en la política hemisférica, pudiera en el futuro favorecer el desarrollo latinoamericano. Se prefiere el orden establecido a enfrentar el sometimiento que se ha padecido desde la posguerra.
Desde el poder en México, cualquier alianza que represente un viraje o enfrentamiento al orden establecido, se considera una amenaza. Y no es que Chávez o los otros gobiernos más socialistas que han sido recientemente elegidos en otros países latinoamericanos tengan la verdad en la mano, pero lo que sí tienen es el valor de procurar generar un cambio, con todo y sus riesgos y posibles errores.
¿Que no será tiempo de que México haga lo propio antes de que el pozo nos entierre a todos? El dilema, pues, está entre definir si podría la clase política arriesgar con inteligencia modificaciones a las estructuras económica actuales o preservar lo que a todas luces no estimula el crecimiento nacional.
La Jornada 13 de noviembre del 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)