27 de octubre de 2007. En el Círculo de Estudios Buzón Ciudadano, que se realiza cada sábado a las 12 PM en el Parque de
sábado, 27 de octubre de 2007
Imágenes del círculo de estudios Buzón Ciudadano
VIDEO: Resistencia en el Museo Rufino Tamayo
Y ya saben si quieren el video completo solo AMLO TV lo tiene, saben donde encontrarnos en los Círculos de Estudio del Fisgón, en el Buzón Ciudadano, en el Círculo de Estudios del Centro Histórico, en el Ángel de la Independencia y en el Hemiciclo.
viernes, 26 de octubre de 2007
[RCP] Pelele en Chapultepec

Poco antes de las 17:30 los mandos habituales de las tropas del EMP y de la PFP hicieron su aparición dando a diestra y siniestra órdenes, señalando con el dedo índice mientras que los intimidantes granaderos de la PFP daban vueltas en un jardín próximo.



Algunos elementos de la PFP portaban este tipo de arma, probablemente para lanzar granadas con gases lacrimógenos.

Cuando Gerardo Fernández Noroña llegó, los granaderos de la SSP-GDF rápidamente se desplazaron para impedir el paso a la resistencia civil pacífica a las cercanías del edificio del Museo Rufino Tamayo Arte Contemporáneo, cuando esta acompañó a Fernández Noroña a ingresar por la calzada Gandhi, las fuerzas del GDF cerraron completamente la circulación de autos y peatones atrapando con ello a decenas de automóviles que tuvieron que recular por la avenida.



Al mismo tiempo, atrás de nosotros, en la primera sección del Bosque de Chapultepec el EMP controlaba el acceso de lujosos automóviles que intentaban entrar a una cena organizada por la Cruz Roja Mexicana. Un par de consultas por teléfono confirmaron que el presidente usurpador se presentaría ahí. Velozmente Fernández Noroña y las decenas de miembros de la resistencia civil pacífica cruzaron el camellón del Paseo de la Reforma --teniendo particular cuidado de no estropear las recién sembradas flores de cempasúchitl-- para clausurar los accesos a la primera sección del parque.


Los mandos del Cuerpo de Guardias Presidenciales (CGP) ordenaron cerrar inmediatamente las puertas para impedir la entrada de la resistencia civil pacífica mientras no podían evitar mostrar sus sorprendidos y enjutos rostros al dar órdenes al oído de los subalternos.


Así, el largo desfile de vehículos modelo Hummer, Touareg, BMW, algunos blindados, otros más seguidos por otros automóviles erizados de guaruras que al no poder entrar a la primera sección del bosque de Chapultepec eran engatuzados por miembros de la resistencia civil pacífica para hacerlos ingresar a una pequeña bahía de un acceso cerrado al vecino Museo de Arte Moderno (MAM) donde rápidamente les eran aplicadas calcomanías contra el gasolinazo. Los sorprendidos conductores, desde panistas conocidos, gobernadores incrédulos, guaruras armados y militares en vehículos oficiales intentaban escapar de la trampa en reversa sin poder evitar salir con sus automóviles decorados.



Al final de la acción de resistencia civil pacífica, Gerardo Fernández Noroña se acercó al contingente que había mantenido cerrada la entrada principal reuniendo a todos los ciudadanos que habían colaborado y se cantó el Himno Nacional.

Caminaba de regreso por la acera norte del Paseo de la Reforma rumbo a la estación "Chapultepec" del Metro cuando vi que había un grupo de compañeros en la acera opuesta. Al cruzar entre el tráfico nocturno y llegar con ellos me platicaron que de la entrada al Bosque de Chapultepec que está en la curva para incorporar el tránsito al Circuito Interior y por donde ingresaban algunos vehículos, había salido un grupo de elementos vestidos de civil (CGP o EMP probablemente) y habían intentado arrastrar a uno de los compañeros. Cuando me acerqué a fotografiarlos rápidamente cerraron el acceso con vallas metálicas y una especie de malla de alambre.
Triunfo de la Resistencia
Un club de millonarios
Por Juan Gelman
Un senador estadounidense gana 165.200 dólares anuales por ocupar la banca y está obligado a declarar su patrimonio. Pero cerca de la mitad de los 100 miembros del Senado está constituida por potentados que, en promedio, poseen 8,9 millones de dólares en bienes muebles, inmuebles, acciones, bonos, inversiones y otras menudencias. En cambio, sólo el 1 por ciento de los norteamericanos cuenta con un millón o más (Forbes, 20-11-06). Claro que algunos son más iguales que otros y a la cabeza figura el demócrata John Kerry, ex candidato a presidente, con una fortuna estimada en 750 millones de verdes, según el diario Roll Call, que cubre las noticias del Capitolio desde 1955 (www.rollcall. com, 10-9-07). Le sigue el senador también demócrata Herb Kohl, pero lejos, con apenas 243 millones. Kerry inició su ininterrumpida carrera senatorial en 1984 y Kohl en 1988. Hay que darle tiempo al tiempo.
El investigador Donald Ritchie afirma que así ha sido la historia del Senado desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando hombres de negocios como George Hearst, padre de William Randolph, se convirtieron en miembros de esa rama del Congreso. El escándalo de su riqueza provocó que en 1913 se estableciera la elección directa de los senadores, que antes eran designados por las legislaturas estatales. Tampoco faltan representantes acaudalados en
Es éste apenas un aspecto de un fenómeno general. Los estadounidenses más ricos han batido un record: su participación en el ingreso nacional es la más alta desde comienzos de la década de 1920 (The Wall Street Journal, 12-10-07). Según datos del Internal Revenue Service (IRS, por sus siglas en inglés), en 2005 el 1 por ciento acumuló el 21,2 por ciento del ingreso total –un aumento del 2,2 respecto del año anterior–, mientras el 50 por ciento de abajo sólo accedió al 12,8 por ciento, un descenso del 0,6 por ciento. Para Jason Furman, investigador de
EE.UU. es probablemente el único país del mundo cuyo banco central es privado y no es posible comprender la crisis financiera actual y el aumento del abismo que separa a los ricos de los pobres sin tomarlo en cuenta. Un consorcio de 12 grandes bancos estadounidenses constituye el sistema de
El funcionamiento de
Los bancos privados de
Fuente: Revista Koeyu Latinoamericano.
Postura del Congreso Nacional de Comunicación Indígena, en la reunión del 24 de octubre con el Grupo Plural para
Las comunicadoras y comunicadores indígenas de los pueblos originarios de México, de los Estados de Quintana Roo, Yucatán, Chiapas, Campeche, Tabasco, Veracruz, San Luis Potosí, Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Baja California, Nayarit, Durango, Jalisco, Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Estado de México, Puebla, Hidalgo, Morelos y Distrito Federal, en su calidad de delegados del Congreso Nacional de comunicación Indígena, celebrado en
1. Los derechos de información y de comunicación de los pueblos y comunidades indígenas deben hacerse explícitos tanto en la nueva ley de Radio y Televisión, la ley de Telecomunicaciones, como en el Artículo 2º, Apartado A, de
2. Las nuevas leyes deben tomar en cuenta los derechos lingüísticos, la autoría colectiva, el territorio y la diversidad cultural de los pueblos y comunidades indígenas de México, a fin de que los medios indígenas sean culturales, educativos, sociales y colectivos; obedezcan a intereses de los propios pueblos sin intervención de partidos políticos, grupos religiosos, del estado, o intereses particulares, así como que las leyes expresen los criterios sociales y comunitarios necesarios para la adquisición, operación y administración de medios de comunicación e información, lo mismo que para la adjudicación y renovación de las concesiones. Así mismo, en todo desarrollo de tecnologías de información y comunicación se deben respetar las formas de gobierno y organización social indígena.
3. La legislación debe reconocer la personalidad y capacidad jurídica de las comunidades indígenas y no como hasta ahora ha sido, el que únicamente puedan hacerlo a través de una persona moral o una instancia de gobierno. Con este reconocimiento debe ser suficiente la manifestación de la voluntad colectiva a través del acta o aprobación de
4. Al legislar en materia de medios de comunicación, en lo general, deberán tomarse las medidas legales necesarias para que en la instalación y operación de los mismos se consideren los derechos territoriales de los pueblos indígenas, para evitar la afectación de sus sitios sagrados o rituales.
5. Que la ley norme los contenidos relativos a pueblos y comunidades indígenas en los medios de comunicación privados y públicos; se incluya programación indígena elaborada por los propios pueblos y comunidades indígenas a través de sus comunicadores y organizaciones, en horarios de mayor audiencia, de manera que se garantice el respeto a los valores culturales de estos pueblos y se avance en la aceptación y reconocimiento del carácter pluricultural de la nación.
6. Deben establecerse sanciones para los medios de comunicación que denigren o presenten una imagen deformada de los pueblos indígenas, además de indemnizar al pueblo que sufrió el agravio. El Estado debe tomar acciones inmediatas para castigar estos abusos.
7. Establecer medidas legislativas y de políticas públicas que garanticen el acceso de los medios indígenas a la convergencia tecnológica, dada la condición de desigualdad extrema de los pueblos indígenas.
8. Legislar y reglamentar en condiciones similares tanto en el desarrollo de la radio y de la televisión de y para los pueblos indígenas, como en todos aquellos factores de innovación tecnológica y nuevas formas de expresión que conciernen a las tecnologías de información y comunicación (TICs), así como prever en las leyes las condiciones para que se cuente con comunicaciones alámbricas e inalámbricas de primer nivel, a fin de hacer eficientes las comunicaciones entre los pueblos indígenas y entre ellos con el resto de la sociedad mexicana y la sociedad mundial; se asegure el acceso a equipos y software, de tal manera que se puedan eficientar al máximo las telecomunicaciones a través de cable de fibra óptica, satélites y microondas. El uso y explotación de la banda ancha donde se encuentran ubicados los pueblos indígenas es una prioridad, destacándose la necesidad de que los pueblos cuenten con tarifas reducidas.
9. Crear las determinaciones legales necesarias para que los contenidos generados por pueblos indígenas puedan transmitirse sin obstáculos y otorgando todo tipo de medidas legales (derechos de autor) tanto en medios convencionales, como la radio y la televisión, pero también puedan circular bajo todos los derechos de protección legal y libertad de expresión en: Internet, podcast, teléfonos celulares y televisión digital y en un futuro de alta definición, así como en toda nueva tecnología no contemplada aquí.
10. Establecer condiciones de equidad para que el término de las concesiones y permisos otorgados a pueblos y comunidades indígenas se realicen a partir de su condición de desigualdad y en ninguna situación menores con respecto a los otorgados a los medios públicos y privados.
11. Legislar para permitir la comercialización de espacios sin que se afecte la autonomía y finalidad de los medios de comunicación indígena.
12. Legislar para que los recursos que se reduzcan en las campañas políticas sean destinados al desarrollo de medios de comunicación indígena y para que las contribuciones fiscales de los medios comerciales se utilicen para estimular la comunicación indígena. Igual uso se le puede dar a los recursos decomisados por el Estado a quienes se dedican a las actividades ilícitas.
13. Se redistribuya el cuadro nacional de atribución de frecuencias para que, preferentemente, desde la base territorial se asignen frecuencias para televisión y radio a las comunidades indígenas que lo soliciten, ya que la prestación de servicios debe distribuirse de manera equitativa y plural en la sociedad mexicana, donde los pueblos indígenas deben tener derecho a reservar sus propios espacios para la radiodifusión y las telecomunicaciones a fin de cubrir de manera adecuada a las comunidades que demandan estos servicios y posibilitar la intercomunicación de las comunidades entre sí, y de éstas a escala nacional e internacional.
14. Legislar para que se incluya dentro de la lógica de redistribución del espacio radioeléctrico no sólo principios relacionados con el incremento de la inversión, sino también con el principio social que corresponde a una nación pluricultural.
15. La dirección y operación de los medios indigenistas (radios y centros de video), actualmente manejados por
16. Se hace necesaria la creación de una tercera figura jurídica que englobe las demandas de los pueblos y comunidades indígenas en materia de medios de comunicación e información.
17. Con el fin de estar pendientes de la inclusión de estos puntos en las nuevas leyes de Radio y Televisión, y Telecomunicaciones, solicitamos se incluya nuestra participación en los trabajos de este Grupo Plural.
MEXICO, D. F. 24 DE OCTUBRE DE 2007
POR
Virginia Flores Flores Ernestina Ortíz Peña
Tepehuano Otomí
Genaro Bautista Gabriel Franco Gabriel Hernández
Ñuusavi Ñuusavi
Joaquín Palma Rogelio Mercado Damián
P’urehepecha
Ma. Carmen Aguilar Braulio Vásquez
Ayuujk
Representante de Estados
Eduardo Reyes Benito Hernández
Zapoteco Mazahua
P. D.
Oaxaca: A 1 año de los 27 de octubre de 2006
A
A los medios de Comunicación libres e independientes.
A la sociedad Nacional e Internacional
Al pueblo de Oaxaca.
Para el pueblo no hay justicia precisamente porque es pobre y la ley sólo sirve, para vejar y despreciar al pobre. Ricardo Flores Magón. 1911.
Hermanos y hermanas:
Nuestra memoria y corazón no puede olvidar que el 27 de octubre de 2006, Ulises Ruiz Ortiz y el presidente municipal de Santa Lucía del Camino, Manuel Martínez Feria ordenaron a sus sicarios atacar las barricadas de Calicanto,
El asesinato de Brad Will fue el argumento que el gobierno federal y estatal utilizo para justificar los miles de policías militares (PFP) que el día 29 de octubre entraron a Oaxaca sembrando el miedo, dolor y muerte para los hombre y mujeres que pedían justicia, democracia y la salida del ilegitimo gobernador URO.
Desde entonces Oaxaca se convirtió en un estado de excepción: detenciones arbitrarias, fabricación de delitos, retenes militares, patrullajes constantes y permanente con policías armados en toda la ciudad y el estado, allanamientos a casa de activistas, acosos, secuestros, levantones y la criminalizació n de la protesta social.
Por la presión internacional, el gobierno de Fox y URO comienzan a torcer los hechos del 27 de octubre con la versión de un segundo disparo durante su traslado a
Ese día estuvimos desde las 9 de la mañana hasta las 12 de la noche dando nuestras declaraciones cada uno y por separado de los hechos del día 27 de octubre de 2006 y al día siguiente también colaboramos en la inspección ocular que realizó
A pesar de que dimos toda la información que tenemos,
Nos preocupa que nuestros testimonios no sean tomados encuenta por
Nos llena de coraje que la muerte de Brad sea usada para cometer otra injusticia más, pero seguiremos peleando por que su muerte no quede impune, porque la verdad tarde o temprano ha de brillar.
Responsabilizamos a
Hacemos un llamado a la comunidad nacional e internacional para que no permitan más injusticias, que no dejen que personas inocentes vayamos a la cárcel. Les pedimos a los colectivos, grupos, organizaciones, medios de comunicación libres y comunitarios, organismos de derechos humanos, a los adherentes de la otra campaña y a la sociedad civil nacional e internacional a que se manifiesten por todos los medios que sean posibles y que estén atentos en los días siguientes en que se cumple un año del asesinato de Brad Will, pues se teme que el gobierno federal, estatal y municipal realice acciones de detención, cateos en las casas de los testigos y sus familiares, de la gente de las barricadas de avenida Ferrocarril y a la casa comunitaria del CIPO RFM. No permitamos mas Injusticia, ya basta de impunidad.
Por
TESTIGOS
Gustavo Vilchis Ramírez, colaborador de
Gualberto Francisco Santiago Navarro. Adherente a la otra campaña
Leonardo Ortiz Cruz. Adherente a
Miguel Cruz Moreno, integrante del CIPO-RFM organización adherente a la otra campaña.
Santa Lucia del Camino Oaxaca, México a 25 de Octubre del 2007.
Favor de enviar e-mails y llamadas en solidaridad y apoyo al pueblo de Oaxaca y rechazo a la represión del gobierno a las siguientes direcciones:
FELIPE DE JESÚS CALDERÓN HINOJOSA Residencia Oficial de los Pinos Casa Miguel Alemán, Col. San Miguel Chapultepec, C.P. 11850, México D. F., Tel: +521 (55) 27891100, Fax: +521 (55) 52772376 felipe.calderon@ presidencia. gob.mx
Licenciado Francisco Javier Ramírez Acuña,
Secretario de Gobernación,
Bucareli 99, 1er. piso, Col. Juárez, Delegación Cuauhtémoc, México D.F.,
C.P. 06600, México,
Fax: +521 (55) 5093 3414, Tel. +521 (55) 5093 3400
La dirección mail no aparece en los directorios, favor de mandar
comunicación por fax
Lic. Eduardo Medina-Mora Icaza,
Procurador General de
Av.
México
D.F., C.P. 06500
Para enviar correos en línea: http://www.pgr. gob.mx/index. asp
Dr. José Luis Soberanes Fernández
Presidente de
Periférico
Tel: 631 00 40, 6 81 81 25, Fax: 56 81 84 90, Lada sin costo: 01 800 00
Correo electrónico: correo@fmdh. cndh.org. mx , correo@cndh. gob.mx
Jaime Mario Pérez Jiménez
Presidente de
Domicilio: Calle de los Derechos Humanos no. 210, Col. América, C.P.
68050, Oaxaca, Oax.
Teléfonos/Fax: Lada (951) 503 02 20, 503 02 21, 513 51 85, 513 51 91,
51351 97
Correo electrónico: correo@cedhoax. org
Pelele Alert en el Rufino Tamayo.
25 de octubre de 2007. Otra vez la resistencia hizo temblar el Usurpador y a su corte de chacales fascistas que lo acompañan. En esta ocasión la cita fue en el museo Rufino Tamayo, y aunque el Usurpador filtró a los medios el rumor de que no se presentaría, nosotros ahí estuvimos. Lo divertido comenzó cuando al habernos trasladado a los accesos del Bosque de Chapultepec, donde se haría una cena de gala para la cruz roja, con la asistencia del Pelele, los activistas para matar el tiempo nos dedicamos a detener a los vehículos de los invitados, simulando ser franeleros del evento espurio, y zas cuando las inocentes palomitas se detenían los renegados les colocaban calcomanías contra el gasolinazo. Por ahí hubo uno que nos aventó a su guarura (ver fotos, detalle el de saco gris) quien hasta enseñó una pistola. Pero la resistencia es tan cabrona que hasta a una camioneta del Ejército le pegamos calcomanías.
jueves, 25 de octubre de 2007
El Ejército amenaza a compañeros en Huitziltepec, Puebla.
En Huitziltepec, como en todos los municipios del Estado de Puebla, se avecinan las próximas elecciones municipales. Arriba, el PAN, el PRI, el PRD, el PT y el PANAL juegan el perverso juego del poder. Abajo, un pequeño Caracol canta a los cuatro rumbos del Universo la palabra Dignidad.
Arriba, el poder ofrece recompensas, puestos y salarios. Abajo, los 3 niveles del Poder (el Federal, el estatal y el municipal) ofrecen acoso, amenazas, intimidación y, pronto, cárcel, golpes… y muerte.
Y es que, mientras el Corazón olvidado de Huitziltepec llegaba a escuchar y ser escuchado en Tierra yaqui, soldados del ejército mexicano llegaron a profanar esta Tierra del Cerro de Espinas Negras.
Sabemos que pronto nos van a dar el golpe. El Poder quiere callar y exterminar al Caracol que Canta al Universo. Pero ya es demasiado tarde. Porque el Poder podrá apresar, golpear y matar a quienes en este pequeño Caracol somos, pero la dignidad indígena y rebelde de Huitziltepec ha escuchado y ha sido escuchada por los pueblos originarios de este continente.
Porque despues de Vicam, ya nada es igual.
Compañeros y compañeras: Gracias por el oído, Gracias por la palabra.
Por el Territorio en Rebeldía:
“Caracol que Canta al Universo”.
Historia de la Democracia
La democracia contemporánea
La democracia ateniense y la República Romana no encarnaron solamente dos formas históricas de la democracia, extrema la primera y limitada la segunda. También encarnaron dos concepciones de la democracia. Atenas planteó el ideal democrático en toda su pureza. Durante su etapa republicana, Roma encarnó en cambio la democracia posible: esa parte del ideal democrático que es accesible en cada época. O, con otras palabras, una forma mixta de gobierno donde el elemento democrático se resigna a mezclarse con los elementos monárquico y aristocrático hasta tanto consiga eliminarlos a través de una larga evolución cuyo remate natural tendría que ser el regreso de la democracia pura de inspiración ateniense. La historia de la democracia contemporánea expresa la tensión entre estas dos maneras de concebir la democracia: evolutiva una, utópica la otra7. A partir del ejemplo romano, la democracia fue ganando espacio lenta y trabajosamente del siglo XVII en adelante, cuando Europa empezó a superar las monarquías absolutas para reimplantar una concepción republicana del poder abierta ella misma al progreso de su elemento democrático8. Pero, no bien el elemento democrático llegaba a cierta altura en esta evolución “romana” y corría el riesgo de detenerse satisfecho, de inmediato lo picaba el aguijón del ideal democrático ateniense, instándolo a reanudar la marcha. Ambas concepciones de la democracia estuvieron presentes durante las dos grandes revoluciones que marcan el advenimiento político de los tiempos modernos. En 1688, la llamada “Gloriosa Revolución” sustituyó la monarquía absoluta en Gran Bretaña por una monarquía parlamentaria “mixta”, al estilo romano, donde se mezclaban los tres elementos típicos del régimen mixto: monárquico (el rey o la reina), aristocrático (la Cámara de los Lores, hereditaria) y democrático (la Cámara de los Comunes, elegida por un padrón electoral minoritario primero y mayoritario después, al fin de una larga evolución). Aun así, habría que aclarar que, vista desde la concepción ateniense de la democracia, la Cámara de los Comunes era en sí aristocrática por electiva, reduciéndose en tal caso el elemento democrático del régimen mixto inglés a los propios votantes. Si bien en el curso del revolucionario siglo XVII inglés predominó por lo visto la concepción “romana” de la democracia, también hubo movimientos apasionadamente democráticos en el sentido ateniense como los levellers. La discordia entre los “atenienses” y los “romanos” de la democracia, latente en la revolución inglesa, estalló en la Revolución Francesa. Francia no era una pequeña ciudad−Estado a la manera de la polis ateniense o de esa Ginebra natal en la que pensaba Rousseau cuando renovó el ideal ateniense en el campo de las ideas políticas, sino una vasta nación con muchas ciudades dentro. Como le resultaba materialmente imposible lograr la reunión cotidiana de los ciudadanos en una ecclesia, la democracia directa al estilo griego le estaba vedada. Pero Sieyès primero y los jacobinos después, forzando su interpretación de la democracia, hicieron como si esa presencia de los ciudadanos se diera efectivamente en la asamblea de los representantes del pueblo. De aquí provino la dictadura de la asamblea en nombre de la democracia, como si la asamblea fuera esa ecclesia que en realidad no era. La dictadura de la asamblea fue posible porque, así como era lógico que no hubiera necesidad de proteger a los ciudadanos atenienses contra los posibles abusos de esa asamblea que ellos mismos formaban, en la Francia revolucionaria de fines del siglo XVIII tampoco se los protegió contra una asamblea que pretendía ser ella misma la voluntad de los ciudadanos cuando en verdad sólo los “re− presentaba” porque ellos no estaban “presentes”, porque brillaban por su ausencia. De esta sustitución del pueblo por una asamblea que usurpaba su papel resultó no sólo la dictadura sino la más feroz de ellas: el terror jacobino de Robespierre y Saint – Just en 1793−1794, acuciado además por el pánico que generaba el cerco militar al que habían sometido a Francia las monarquías europeas. Los moderados, con Mirabeau al frente, imaginaron la transición de Francia no ya de la monarquía absoluta a la democracia absoluta que pretendían encarnar los jacobinos sino a una monarquía parlamentaria al estilo inglés y, cuando el proyecto de Mirabeau fracasó y el rey Luis XVI fue decapitado, vinieron sucesivamente el Terror, un Directorio equilibrado en los tiempos revisionistas del Termidor y, finalmente, el imperio napoleónico. En vez de la la Roma republicana de Mirabeau, la Roma imperial de Napoleón. De este modo la Francia revolucionaria, que había querido ser primero la Roma republicana e “inglesa” de Mirabeau en su intento de salvar al mismo tiempo a la revolución y a la monarquía, terminó siendo la Roma imperial cuando Napoleón volvió a instalar su poderosa memoria no sólo en la pretensión de dominar a Europa sino también en su deseo de ser coronado delante del Papa en Roma. “Delante de” y no “por” el Papa porque, en el momento en que éste se disponía a ponerle la corona, Napoleón se la quitó de las manos y se la colocó él mismo, reivindicando la pretensión de los emperadores románico−germánicos en su pugna medioeval con la Iglesia y volviendo de este modo a Carlomagno y al Sacro Imperio Romano Germánico. La “romanización” de la arquitectura, el arte, el vestuario y las costumbres que caracterizaría a la época acompañó del lado de la sociedad a la nostalgia política napoleónica. Ahora estamos en condiciones explicar por qué la Revolución Francesa fue el fracaso más glorioso de la historia. ¿Cómo es posible aunar el fracaso y la gloria? El “fracaso”, sin duda, existió. A la inversa de las revoluciones inglesa del siglo XVII y americana del siglo XVIII, que fueron exitosas porque lograron lo que pretendían, fundar regímenes que partirían del ejemplo de la República Romana en su largo viaje hacia la democracia plenaria que aún no ha terminado, la Revolución Francesa pretendió y no logró lo que pretendía: restaurar de inmediato nada menos que la democracia ateniense. Tuvo primero, como vimos, su momento “romano” con Mirabeau. Después, con Robespierre y Saint−Just, alegó moverse en dirección “ateniense”. Pero ya vimos que la pretensión de considerar la asamblea de los representantes del pueblo como si fuera idéntica al pueblo falsificó el ideal ateniense. Después de esta falsificación, la Revolución Francesa desembocó en el imperio napoleónico y, luego de la derrota de Napoleón en Waterloo en 1815, en la restauración de la dinastía de los Borbones en cabeza de Luis XVIII. Acabó volviendo a la estación de la que había partido en 1789. ¿Se quiere un fracaso más categórico de lo que había empezado como una revolución contra los Borbones? Un fracaso que además costó millones de muertos con el Terror jacobino y con las guerras napoleónicas que asolaron a Europa durante quince años. Pero, ¿quién negaría que este estrepitoso fracaso fue, además, “glorioso”? La Revolución Francesa encendió la imaginación de sus contemporáneos y de las generaciones subsiguientes por el mundo entero de un modo incomparable con la difusión mucho más “discreta” que obtuvieron las revoluciones inglesa y american. ¿Dónde reside el secreto de esa “gloria”? Las revoluciones anglosajonas fueron episodios consignados en un principio sólo a los pueblos que las experimentaban y a los teóricos que las analizaban. Fue Emanuel Kant quien, después de lamentar junto a tantos otros los desvíos y los excesos de la Revolución Francesa, hizo notar que ella al agitar otra vez, a más de dos milenios de distancia, la bandera de la democracia ateniense, logró un impacto universal. Horrorizado ante sus desvíos, el mundo también aprendió de ella que la democracia ateniense es un ideal irrenunciable. El legado de la Revolución Francesa, según Kant, no ha sido el recuerdo de su errática trayectoria sino la impresión que produjo en la audiencia mundial que tenía noticias de ella, modificando para siempre los ideales políticos de la Humanidad. Los anglosajones, de acuerdo con su espíritu eminentemente práctico, reinstalaron con sus revoluciones el proyecto romano de la “democracia posible”. Los franceses, adictos a las ideas abstractas, reinstalaron en cambio el ideal de la “democracia imposible” que alguna vez Atenas pudo encarnar porque, a la inversa de Francia, no era una nación sino una ciudad. De la Revolución Francesa en adelante, el ideal de la democracia plenaria ya no nos abandonó. .Y así fue como, mientras los anglosajones produjeron dos revoluciones exitosas aunque discretas, los franceses produjeron una revolución fracasada pero gloriosa. La bandera que ella izó nos sigue convocando desde el balcón del futuro. Pero es el camino “romano” de la democracia posible el que, habiendo renacido con los tiempos modernos en Inglaterra y en los Estados Unidos, ha llegado a involucrar en nuestro tiempo a casi todos los regímenes políticos de Europa, Oceanía y América del norte y del sur, penetrando además en Asia y hasta en Africa. Es a este conjunto de regímenes políticos que les damos, pese a sus variaciones, un nombre común: son las diversas versiones de la democracia contemporánea. El exigente ideal ateniense, por su parte, no sólo no ha desaparecido desde la Revolución Francesa. Se ha vuelto, si cabe, más apremiante, porque la revolución de las comunicaciones nos acerca unos a otros como habitantes de la “aldea global”, logrando así que el mundo actual sea más “pequeño” por lo estrecho de sus contactos de lo que era la nación francesa en el siglo XVIII. Esto permite que la interacción entre los seres humanos de todo el planeta sea más intensa y se sitúe en cierto modo a media distancia entre el contacto cotidiano que tenían entre ellos los ciudadanos atenienses y la lejanía que separaba a los ciudadanos de la nación francesa en los tiempos de la carreta y el caballo. Quizás este decisivo acercamiento comunicacional que se produce entre las naciones y dentro de ellas explique que lo que ahora se difunde impetuosamente por el mundo sea un modelo político al que podríamos llamar romano avanzado. “Romano”, porque incluye regímenes en definitiva “mixtos”, que mezclan el elemento democrático con los elementos aristocrático y monárquico. Pero romano “avanzado” porque el elemento democrático no ha cesado de ganar terreno sobre los otros dos elementos en los regímenes “mixtos” contemporáneos de modo tal que lo que hoy predomina en el mundo es la “república democrática”, una forma todavía mixta donde predomina la democracia y a la que, apegada a su tradición aristocrática, nunca había llegado la República Romana. Es que, en tanto Atenas le quedaba a Roma cada día más lejos porque se hundía en el pasado, a las repúblicas democráticas contemporáneas les queda cada día más cerca, en un futuro que ya no es tan borroso gracias al “achicamiento” del mundo mediante las computadoras, los satélites y el Internet, a mitad camino entre una ciudad griega y las naciones “a caballo” de los siglos XVIII y XIX. Esto explica por qué, al lado de la democracia representativa que todavía prevalece en las constituciones contemporáneas, ellas se han ido poblando de formas semidirectas como el plebiscito, el referendum y la iniciativa popular, así como la proliferación de las encuestas, que son los mensajeros avanzados del retorno ateniense. Pero este retorno sigue siendo por ahora menos intenso que la interacción de los ciudadanos atenienses entre ellos porque no es “real” sino “virtual”. Podemos comunicarnos unos con otros mediante Internet a lo largo del ancho mundo pero, si bien tenemos noticias unos de otros como no las habíamos tenido, no estamos físicamente en presencia unos de los otros como en el agora (feria y plaza pública de los atenienses) o en la ecclesia, sino a través de una pantalla.
Historia de la Democracia
La República Romana
Si nos limitáramos a verificar la interrupción del experimento democrático en Atenas en el siglo IV antes de Cristo y su reanudación a partir de la “Gloriosa Revolución” y la Revolución Francesa, dejaríamos veinte siglos de la historia de Occidente sin explicar. Este vacío, lo ocupó Roma. No sólo por su larga trayectoria de más de doce siglos desde su fundación en el año 753 antes de Cristo hasta su caída en manos de los bárbaros en el año 476 después de Cristo, sino también por su poderosa irradiación sobre los regímenes que la sucedieron. Desde el año 753 hasta el año 509 antes de Cristo, Roma fue una monarquía. Desde el año 509 hasta el año 27 antes de Cristo, una república. Desde el año 27 antes de Cristo hasta la invasión bárbara del año 476 después de Cristo, un imperio. Los doscientos cincuenta años de la monarquía se pierden en la noche de los tiempos. Pero la República y el Imperio, que duraron cada uno quinientos años, dejaron una larga secuela. La influencia de Roma perduraría casi sin fisuras ni interrupciones a través de los siglos. Caído en el año 476 de nuestra era, el Imperio Romano de Occidente siguió gravitando como si fuera un proyecto político inconcluso, recurrente, a través de expresiones como el imperio de Carlomagno y el Sacro Imperio Romano Germánico en la Edad Media y el imperio napoleónico en la Edad Contemporánea. La Unión Europea refleja todavía hoy el proyecto romano de un Estado continental. La República Romana influyó por su parte en la formación de las democracias representativas contemporáneas, cuyo carácter “mixto” da lugar tanto a la participación del pueblo cuanto a la actuación de cuerpos representativos a los que los atenienses llamarían “aristocráticos” y de funcionarios ejecutivos que prolongan, aunque menguado, el poder de los reyes. Atenas perduró no sólo a través del poderoso influjo cultural que ejerció en la propia Roma desde que fue conquistada por ella y en el ascendente cristianismo desde el apóstol San Pablo –salido del judaísmo helenizado− en adelante, sino también a través de la larga supervivencia del Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino, con base en Constantinopla, que duraría hasta el año 1453 de nuestra era, cuando los turcos lo conquistaron. Hay un contraste central entre ambas ciudades. Roma es como un río continuo de influencias porque nunca dejó de gravitar. Atenas se aloja en los orígenes de la democracia y en el exigente futuro que aún la reclama en cuanto idea. Atenas es el principio y el fin. Roma, el camino. Aunque siempre se enseña la historia de Roma “después” de la de Atenas, ambas nacieron al mismo tiempo. Habiendo venido al igual que Atenas de la ancestral tradición del poti o arkhos, Roma fue gobernada por reyes desde que los míticos Rómulo y Remo la fundaron en el año 753 antes de Cristo hasta el año 509, cuando una revolución aristocrática trajo consigo la república. Habíamos observado que en el año 507 Clístenes fundó la politeia o “república”. Casi simultáneamente, dos años antes, dos nobles romanos, Bruto y Tarquino Colatino, habían fundado la República Romana de la cual serían los primeros cónsules. Clístenes acabó con la tiranía que había iniciado Pisístrato. Bruto y Tarquino Colatino acabaron con el mando despótico de Tarquino el Soberbio, el último de los reyes que se había convertido en tirano. Atenas era una polis. Roma, una civitas, que es la palabra latina para polis y tiene similar alcance: una “ciudad – Estado” independiente, en guerra o en asociación con otras ciudades – Estado. Véase entonces el paralelismo entre ambas historias. Pero, en tanto Clístenes fundó una república de inclinación democrática, Bruto y Tarquino Colatino fundaron una república aristocrática que nunca dejaría de serlo aunque, con el paso del tiempo, fue incorporando elementos democráticos. La secuencia en Atenas fue “tiranía, república democrático − aristocrática y democracia”. En Roma, la secuencia fue “tiranía, república aristocrática y república aristocrático −democrática”. Aunque intentó fundarlo, Atenas no logró cimentar un imperio. La república romana, en cambio, desembocó en un imperio que duraría 500 años en Occidente y 1.500 años en Oriente. Roma llegó a ser una república aristocrático − democrática, una república “mixta” con ingredientes democráticos, pero nunca una democracia a la manera de Atenas. Hacia el siglo III antes de Cristo, el siglo en que alcanzó su apogeo, la República Romana mantenía un delicado equilibrio entre la clase de los patricios o aristócratas (patricio proviene de pater, “padre”: los patricios descendían de los que “llegaron primero”) y la clase de los plebeyos (plebs significa “multitud”: la masa de los que “llegaron después”). Los patricios dominaban el Senado (comparable al Areópago ateniense) y la magistratura “cuasipresidencial” de los cónsules; los plebeyos dominaban una peculiar magistratura, la del tribuno de la plebe, cuya principal facultad era vetar las decisiones de las magistraturas patricias. Los ciudadanos romanos también votaban, pero no con el alcance de los ciudadanos atenienses. Estos, en la ecclesia, tenían el poder de discutir y aprobar las leyes. Los ciudadanos romanos se expresaban en dos tipos principales de “comicios” (la palabra proviene del indoeuropeo kom, al igual que “comunidad” y “comité”). En los comicios centuriados el pueblo, reunido en las “centurias” o regimientos correspondientes a su organización militar, se congregaba con sus cascos y escudos a proclamar de viva voz su aprobación o rechazo de las propuestas que les presentaba el patriciado. Más que a la ecclesia ateniense, esta asamblea se parecía a la apella espartana: una reunión militar donde se votaba por aclamación, por sí o por no, sin que hubiera lugar para el torneo de oratoria de la asamblea ateniense. Los comicios “centuriados” respondían a una tradición aristocrática. Pero en los “comicios de la plebe” o plebiscitos, los plebeyos expresaban su voluntad votando bajo la presidencia de los tribunos. Hacia el año 300 ante de Cristo, esta mezcla equilibrada entre el poder de los patricios y el poder de los plebeyos se había consumado, sin que Roma pudiera unir ambas clases en instituciones comunes a todos los ciudadanos como lo logró Atenas. A partir del año 133 antes de Cristo, con la revolución populista de los hermanos Tiberio y Cayo Graco, el difícil equilibrio entre patricios y plebeyos terminó por quebrarse, dando lugar a casi cien años de guerras civiles de las cuales surgiría al fin, la dictadura de Julio César, un aristócrata convertido en populista al igual que los hermanos Graco. La dictadura no fue en un principio equivalente a la tiranía. En los tiempos de la república era, al contrario, una magistratura constitucional de emergencia (algo así como el estado de sitio o de excepción de las constituciones contemporáneas) en virtud de la cual se le otorgaba a un ciudadano el poder absoluto por seis meses para remediar algún peligro inminente. Pero César fue proclamado “dictador vitalicio” en el año 48 antes de Cristo. Su ascenso a este poder sin plazo marcó el principio del fin de la República Romana. Así como Atenas logró expresar el ideal democrático, pues, Roma expresó el ideal de la república mixta, equilibrada, sin que alguno de sus componentes, ya fuera el aristocrático, el democrático o el monárquico, llegara a anular a los otros. Cuando a ambas ciudades les llegó la hora del imperio, tomaron cursos opuestos. Después de Pericles, Atenas mantuvo sin concesiones el modelo democrático. Es más, lo acentuó a un punto tal que la ecclesia, olvidando el sabio liderazgo de Pericles, quiso gobernarlo todo y discutió públicamente hasta las tácticas militares precipitándose al fin a la derrota en la Guerra del Peloponeso a manos de una polis conducida por una elite militar profesional cual era Esparta. Roma en cambio, cuando su poder se extendió por el sur de Italia (Sicilia), el norte de Africa (Cartago, Egipto) y el Mediterráneo occidental (las Galias, España), donde no había otras ciudades – Estado como ella con las cuales pudiera celebrar tratados de asociación sin cambiar su propia naturaleza, sino variaciones del autoritarismo que debió convertir en “provincias” (“lugar de los vencidos” o “lugar donde vencimos”) bajo el mando militar de los procónsules, terminó por abandonar su propia organización republicana convirtiéndose en Imperio. Empezó siendo una “república imperial”, republicana en su centro e imperial en su periferia, para convertirse finalmente en un imperio donde subsistieron residuos de la República pero ya sin poder real como el Senado. La periferia, en este caso, se tragó al centro. Después de un siglo de guerras civiles cuyos protagonistas no eran civiles sino militares, en el año 27 antes de Cristo la República sucumbió ante Octavio, sobrino y vengador de César, a quien habían asesinado Bruto y un grupo de senadores republicanos (“Bruto” se llamó, así, tanto el primero como el último de los héroes republicanos, con casi 500 años de distancia). Tomando el nombre de Augusto, Octavio se convirtió de este modo en el primer emperador, mediante una estratagema diferente de la de César: en vez de ser proclamado dictador vitalicio, acumuló en su persona, una por una, lasdiversas magistraturas de la República haciéndose llamar princeps Senatus, príncipe o “principal” delSenado y, finalmente, “Augusto”. Imperator, en latín, significa “general”. El Imperio expresaría la supremacía de los generales, en lugar del equilibrio “civil” de la civitas republicana. Podría decirse entonces que, en tanto Atenas perdió el imperio por serle fiel a la democracia, Roma sacrificó la república para asegurar el imperio. Hasta el advenimiento de César y de Octavio Augusto, Roma era todavía, como se vio, una “república imperial”: republicana de cara a sus ciudadanos, imperial de cara a sus colonias. A partir del Imperio, ya no hubo ciudadanos que merecieran el nombre de tales: todos, los romanos y los que no lo eran, pasaron a ser súbditos de una estructura vertical aun cuando Julio César les diera a unos y a otros el título nominal de “ciudadanos”. ¿Se puede ser, acaso, ciudadano de un imperio? De nada valió que Bruto asesinara en el año 44 antes de Cristo a Julio César en nombre de la libertad: Octavio Augusto, finalmente, lo reivindicaría, venciendo a otro “cesarista”, Marco Antonio, aliado a su vez con la emperatriz egipcia Cleopatra, cuyo trono descendía directamente de Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro Magno. El Imperio Romano produjo tal impresión en Occidente que aun después de que cayera el Imperio Romano de Occidente en el año 476 después de Cristo, hubo reiterados intentos, de Carlomagno a Napoleón, por restaurarlo. Pero en los siglos XVII y XVIII comenzó la contraofensiva de lo que llamamos la “democracia contemporánea”. ¿Pero a cuál de sus antecesoras nos referiremos al hablar de ella? ¿A la democracia ateniense o a la República Romana?
Historia de la democracia
(Primera parte)
La Democracia Ateniense
Si habláramos de la familia, la religión o la violencia, podríamos decir que nacieron con el ser humano. Este no es el caso de la democracia. El origen del poder no fue democrático, sino despótico. Dos excursiones etimológicas permiten sostener esta afirmación. La primera de ellas nos invita a recordar que el verbo griego arkhein tiene dos significaciones ligadas entre sí: “empezar” y “mandar”. Con él se conectan dos sustantivos: arkhé, “origen”, y arkhos, “jefe”. Con arkhé se vinculan palabras como “arcaico” y “arqueología”. Con arkhos, “monarca”. “Mon−arquía” quiere decir “mando unipersonal”, ya que mono significa “uno”. ¿Qué nos sugiere nuestra primera excursión etimológica? Que en el principio (arkhé) no fue el pueblo (demos) sino el jefe (arkhos). Esta visión se refuerza a través de una segunda excursión etimológica: el recorrido que siguió la palabra “poder”. Su fuente es la voz indoeuropea poti, que significa “jefe”. De ella deriva el griego despotes, “jefe” o “amo”. Cuando comencé a rastrear la etimología de “poder”, supuse que provendría de su significación genérica en cuanto “capacidad de hacer algo” y que sólo después una de sus ramificaciones se habría aplicado al poder político en cuanto “capacidad de lograr que los demás hagan algo”. Mi sorpresa fue mayúscula cuando advertí que quizás ocurrió al revés. La expresión más antigua de “poder” es poti, “jefe”, y sólo a partir de esta significación política la palabra “poder” se habría trasladado a la capacidad genérica de hacer algo: poder moverse, hablar, amar, trabajar… Esta segunda avenida etimológica también apunta al sentido originario del poder político en cuanto autoridad absoluta de un jefe. Lo primero que hubo en el peregrinar del hombre sobre la Tierra fueron bandas errantes tan presionadas por los desafíos de la Naturaleza y de otras bandas que sólo pudieron sobrevivir bajo el mando despótico de un jefe guerrero. Como en el caso del padrillo y su manada, el primer elemento político que existió entre los seres humanos fue el poder del jefe. A este déspota primordial lo secundaban y eventualmente lo sucedían unos pocos, una primitiva corte de colaboradores. De ahí que, de las formas de gobierno que conocemos, sólo dos contengan en su seno la palabra arkhos: la monarquía y la oligarquía. Oligoi significa “pocos”. Eran pocos los que rodeaban y sucedían al jefe. En las demás formas de gobierno como “aristocracia”, “democracia”, “autocracia” y hasta “burocracia”, la palabra arkhos fue reemplazada por la palabra kratos que también significa en griego “poder”, pero no necesariamente el poder originario, ancestral, sino más bien un poder construido, sobreviniente, en cierta forma artificial. En tanto la monarquía y la oligarquía son las manifestaciones originarias del poder político y nacieron junto con la condición humana al igual que la religión, la familia y la violencia, las diversas cracias podrían haber sido inventos ulteriores como el fuego, la rueda, la agricultura o la máquina a vapor. De algunos de estos inventos no tenemos registro porque ocurrieron en la prehistoria. De otros, sabemos exactamente cuándo y cómo surgieron. Entre ellos, la democracia1. La democracia ateniense “Democracia” es una palabra compuesta por dos voces griegas: demos, “pueblo” y kratos, “poder” (como vimos, poder tardío y “construido”). Etimológicamente hablando, la democracia es el poder del pueblo. Pero los griegos, que también inventaron el teatro, la filosofía y la historia (la historia secular, libre de la acción divina; si incluimos a Dios en ella, el invento de la historia correspondió, en Occidente, al pueblo judío), no se encontraron de golpe con la democracia. La fueron elaborando trabajosamente, a lo largo de un siglo y medio. Entre los años 620 y 593 antes de Cristo Atenas, la principal de las ciudades griegas, recibió de Dracón y de Solón sus primeras leyes fundamentales. Fue así como se inició la evolución que culminaría en la democracia. Es que, gracias a las leyes de Dracón y de Solón, se instaló la distinción entre las leyes de la Naturaleza, poblada de dioses, y las leyes puramente “humanas” de la ciudad. Sin esta distinción, no habría sido posible la democracia. Hasta ese momento los griegos vivían igual que el resto de los pueblos primitivos, acosados por las fuerzas imprevisibles de la Naturaleza (physis) y por la presión bélica de otros pueblos, defendiéndose como podían de aquélla y de éstos gracias al mando despótico de un poti o líder guerrero. El poder que por entonces los gobernaba les venía de afuera, de la poderosa physis a la que hasta el advenimiento de los primeros filósofos “presocráticos” en el siglo VII antes de Cristo suponían habitada por los dioses, o de arriba, de los jefes o reyes, el primero de los cuales habría sido el mítico Teseo, quien supuestamente vivió hacia el año 1.000 antes de Cristo. A partir de Dracón y de Solón, los atenienses empezaron a ser gobernados por un nuevo tipo de poder abstracto, impersonal, al que llamaron nomos o “norma” (palabra equivalente a la lex o “ley” de los romanos: por comodidad usaremos nomos y lex, “norma” y “ley”, cual si fueran sinónimos) que no provenía de afuera ni de arriba sino de adentro, del seno de la polis o ciudad−Estado que habían constituido. Su ideal fue desde entonces la eunomía, o “buena (eu) ley”: el recto ordenamiento de la ciudad. El jefe, simplemente, mandaba. Dracón y Solón, al igual que el legendario Licurgo en Esparta y otros como ellos en ciudades griegas menos conocidas, legislaron: dejaron leyes que los sobrevivirían, obligando a sus sucesores a comportarse de acuerdo con ellas. Cuando alguien ascendía a una posición de mando, ya no podría gobernar a su arbitrio sino en el marco de la ley. Desde entonces, a la polis ya no la separó del mundo circundante sólo una muralla de piedra, sino también la muralla invisible de sus leyes. La obediencia de los griegos a las leyes de la polis asombró a pueblos primitivos como los persas, que sólo obedecían al mando de un déspota. Herodoto, el cronista de las Guerras Médicas entre los persas y los griegos y el inventor de la historia “secular”, narra en un pasaje frecuentemente citado que Jerjes, el rey persa cuyo sueño era apoderarse de Grecia, se burló un día de los frágiles griegos que se atrevían a desafiar su formidable ejército. Pero Demaratus, un ex rey de Esparta que se había refugiado en su corte, le sugirió no subestimar a los griegos porque ellos, “si bien se consideran libres, no lo son del todo. En efecto: reconocen por encima de ellos un amo al que temen más aún que tus siervos a tí. Ese amo es la ley. Entre otras cosas, ella los obliga a no huir frente al enemigo y a permanecer obstinadamente en el campo de batalla hasta la muerte o la victoria”. Por no hacerle caso a Demaratus, Jerjes resultó el gran derrotado de las Guerras Médicas. En tanto los persas pelearon en las Guerras Médicas como súbditos de un rey al que temían más aún que al enemigo que tenían enfrente, los griegos pelearon como hombres libres, orgullosos de sus leyes. Para ellos no había un honor más grande que ofrecer la vida por su ciudad. Así se entiende por qué Esquilo, el inventor de la tragedia y el poeta más laureado de su tiempo, no escogió por epitafio un texto destinado a recordar su impar gloria literaria sino otro que reza así: “Aquí Esquilo, hijo de Euforion, criado en Atenas, descansa en los campos de Gela, muerto. La batalla de Maratón mostró su coraje: los medos (persas) de largas cabelleras, tienen razones para recordarlo”. A la hora de resumir su vida, Esquilo valoraba el honor del ciudadano más que los laureles del poeta. A la ciudad organizada por sus leyes constitucionales, los atenienses le dieron el nombre de politeia. Hoy, la llamaríamos “república” (por comodidad, vamos a usar politeia y “república” como si fueran sinónimos pese al origen romano de la palabra “república”, que quiere decir “cosa – res − pública”). Y así se haría presente la democracia en Atenas: a través de las sucesivas transformaciones constitucionales de su politeia o república. El paso de la politeia a la democracia conoció dos instancias fundamentales. En el año 507 antesde Cristo, Clístenes fundó la república democrática. En el año 462, Pericles fundó la democracia plenaria. Una democracia tan pura, tan osada, que nunca ha habido otra como ella. El camino hacia la democracia, de todos modos, fue accidentado. Todavía no se había borrado el recuerdo de Dracón y de Solón cuando Pisístrato implantó la tiranía en el año 560 antes de Cristo. Atenas regresó así, por un tiempo, a la ancestral tradición del jefe pero no ya debajo de un rey legitimado por una tradición que venía de la prehistoria sino debajo de un advenedizo, de un usurpador. Pisístrato le dio a Atenas un gobierno eficaz, progreso económico y obras públicas pero a cambio de un poder absoluto, sin otra norma que su suprema voluntad. En tanto en la república las leyes mandan sobre gobernantes y gobernados por igual, en la tiranía obligan a los gobernados pero no a los gobernantes porque no son “leyes” propiamente dichas sino, simplemente, las “órdenes” que emiten los titulares del poder. Pisístrato murió en el año 528. Lo sucedieron sus hijos Hippias e Hipparchus. En el año 514,Hipparcus fue asesinado. Cuatro años después Clístenes, nieto de Pisístrato, restableció la politeia. Pero Clístenes no se limitó a restablecer la república, que antes de Pisístrato había sido aristocrática. Le imprimió, además, un sesgo democrático. En el año 507 reorganizó al pueblo sobre la base de los deme, que eran lo que hoy llamaríamos aldeas o barrios convertidos en circunscripciones donde vivía el ciudadano raso a quien los griegos le dieron el nombre de polites (esto es, “político”: un activo participante de la vida pública, más de lo que hoy llamamos “ciudadano”; a partir de ahora y con esta advertencia usaremos indistintamente, por comodidad, polites y “ciudadano”). Cada uno de los deme contenía entre cien y mil ciudadanos. A partir de Clístenes, los deme servirían de base al ascenso democrático. La república ateniense albergó, por un tiempo, un equilibrio de poderes. La vieja “oligarquía”, que había rodeado a los antiguos reyes y que hasta había simpatizado con los tiranos, mantuvo una amplia autoridad legislativa y judicial en el Areópago, un cuerpo similar al Senado romano donde se sentaban los ex arcontes. Los arcontes, que habían reemplazado a los reyes como jefes del poder ejecutivo y eran el equivalente de los cónsules romanos, sólo podían ser escogidos entre las clases superiores. Los cónsules y los arcontes duraban un año en sus funciones, pero eran dos los cónsules en Roma y nueve los arcontes en Atenas. Obsérvese por otra parte que la palabra “arconte” comparte con las palabras “monarca” y “oligarca” la ancestral raíz arkhé. Pero los ciudadanos rasos de los deme pasaron a dominar el Consejo de los Quinientos, cuya función era preparar las reuniones de la asamblea popular o ecclesia (de aquí surgiría la palabra “iglesia” en cuanto asamblea ya no de los ciudadanos sino de los fieles), en la cual todos los ciudadanos sin distinción tenían el derecho de discutir y votar las leyes. En caso de conflicto entre el Areópago y el Consejo de los Quinientos, la ecclesia tenía la última palabra. El equilibrio de poderes que estableció Clístenes se tradujo por ello en una república mixta que, si bien retenía elementos aristocráticos, se inclinaba a favor de la democracia: una “república democrática”. El ejemplo de Atenas alentó a otras ciudades griegas a internarse en la aventura democrática. Esto alarmó no sólo a Esparta y a las ciudades griegas que seguían su ejemplo oligárquico (Esparta era una di−arquía, esto es, el mando simultáneo de dos reyes, una “oligarquía real”), sino más aún a los emperadores persas, ya que el ideal democrático empezó a difundirse por las ciudades griegas del Asia Menor (la costa oriental del Mar Egeo, hoy parte de Turquía), que les estaban sometidas. Las Guerras Médicas entre Persia y Grecia tuvieron, por ello, un trasfondo ideológico. Esparta también resistió al invasor persa por lealtad a Grecia, pero con cierta ambigüedad porque recelaba “ideológicamente” de Atenas. La gran campeona de la resistencia fue Atenas porque amaba tanto a Grecia como a la democracia. A Atenas se debió principalmente la derrota de los persas en las batallas de Maratón, Salamina y Platea, que tuvieron lugar entre los años 490 y 479 antes de Cristo. Fue gracias a estas tres batallas que Grecia, la democracia y Occidente se abrieron camino en la historia. Hasta el año 462, empero, Atenas no fue una democracia plenaria sino apenas una república democrática porque en ella gravitaba, todavía, el Areópago. El paso de Atenas de la república democrática a la democracia plenaria ocurrió bajo el liderazgo de Pericles. En el año 462, Pericles logró que la ecclesia le quitara por ley al Areópago casi todas sus funciones. Fue a partir de entonces que Atenas adquirió los rasgos constitucionales que la convertirían en la más exigente de las democracias. El poder soberano quedó sin contrapeso en manos de la ecclesia, cuyas reuniones seguía preparando el Consejo de los Quinientos. Los ciudadanos recibían un estipendio por concurrir a la ecclesia, donde ejercían en forma directa, sin representantes, el poder legislativo de la polis. Casi todas las magistraturas ejecutivas y judiciales, incluso la de los arcontes, se llenaron por sorteo entre los ciudadanos sin exclusión de clases, de modo tal que ningún polites dejaría de ocupar varias magistraturas en el curso de su vida gracias a un sistema de rotación. Se calcula que uno de cada cuatro ciudadanos ocupaba un puesto público por año: alrededor de 8.500, de un total aproximado de 38.000. Sólo el cargo de “estratego” (del griego strategós: jefe militar) era electivo. Había diez estrategos por año y estaba permitida su reelección. Pericles ocupó repetidamente este cargo, cuyo carácter electivo quedó como el último residuo aristocrático de Atenas ya que, en esta extrema versión de la democracia, la elección no era considerada un acto democrático −como se lo considera, hoy, entre nosotros− sino aristocrático: un método para designar a “los mejores” (aristón: “el mejor”). No se olvide por otra parte que la democracia de los atenienses sólo beneficiaba a los ciudadanos. En tiempos de Pericles se dispuso que podrían serlo solamente los hijos de los atenienses por parte de padre y de madre. Fuera de este círculo dorado quedaban las mujeres, los esclavos y los extranjeros o metecos. Si se incluye este dato, habría que decir que Atenas fue una democracia en cierta forma limitada: entre unos 200.000 habitantes, tenía alrededor de 38.000 ciudadanos. Eso sí: cada uno de éstos compartía plenamente el poder con los demás ciudadanos, aunque fuera tan pobre como los remeros de la poderosa flota gracias a la cual Atenas dominaba el mar Egeo. Por otra parte, Atenas desplegó un liderazgo cada vez más arbitrario sobre las demás ciudades democráticas griegas que se asociaron con ella en la Liga de Delos. Estas ciudades llegaron a percibir a Atenas como un imperio despótico del cual ansiaban liberarse. Esta dimensión “imperial” de la democracia ateniense vino a subrayar su carácter limitado: estaba vedada a las mujeres, los extranjeros, los esclavos y los aliados. En el año 431 antes de Cristo estalló un conflicto que venía gestándose desde hace tiempo: la Guerra del Peloponeso entre la democrática Atenas y la oligárquica Esparta por la primacía en el mundo helénico. Al cabo de algunas batallas de resultado incierto, le tocó a Pericles pronunciar la oración fúnebre en elogio de los primeros ciudadanos atenienses que habían dado su vida por la ciudad en esta guerra. Recogido por el historiador Tucídides, el discurso de Pericles marca el momento en que los atenienses tomaron conciencia de que habían inventado la democracia. A través de las encendidas palabras de Pericles, la democracia dejó de ser la constitución particular de una ciudad para convertirse en un ideal de vida inspirador de todos aquellos que quisieran imitarla. La oración fúnebre de Pericles es el primer registro del que tengamos memoria sobre la naturaleza de la democracia, donde “los muchos predominan sobre los pocos” dentro del círculo de los ciudadanos. Después de afirmar que Atenas es la gran maestra de Grecia, Pericles concluye que vale la pena morir por ella porque ya no es meramente una ciudad−Estado entre otras sino la encarnación eminente del ideal democrático. Pericles murió en el año 429. Había conducido la democracia ateniense con prudencia. A partir de su muerte la ecclesia, en vez de mantenerse fiel al criterio que siglos después expresaría Cicerón al escribir que el sistema preferible es aquél en el cual “los más eligen a los mejores”, sustituyó el liderazgo de Pericles por el de una serie de demagogos, el más famoso y ruinoso de los cuales fue Alcibíades, que la incitaron a no dar cuartel a Esparta en vez de buscar, como Pericles lo había hecho, una paz negociada. Después de incontables alternativas, Atenas fue definitivamente derrotada por Esparta en el año 404. Habiendo perdido el liderazgo de los griegos, languideció hasta el año 334 antes de Cristo, cuando el rey Filipo de Macedonia (el padre de Alejandro Magno, contra el cual Demóstenes, el último defensor de la democracia ateniense, había pronunciado ante la ecclesia sus incomparables “filípicas”) terminó por conquistarla. A partir de ahí, Atenas oscilaría en medio de períodos de primacía macedonia, tentativas de independencia y el creciente influjo romano, hasta que tanto Macedonia como Atenas y toda Grecia quedaron definitivamente sujetas a Roma en el año 148 antes de Cristo. Este dominio sería por otra parte solamente político y militar; en lo cultural, Atenas conquistó a sus vencedores dando lugar al mundo greco−romano. La “languidez” de Atenas durante el siglo IV fue, por otra parte, solamente política y militar. Durante este siglo “terminal”, floreció en ella nada menos que la filosofía de Platón, Aristóteles y, ya en el período helenístico que inauguró Alejandro Magno al conquistar el imperio persa, de los estoicos, cínicos y epicúreos. En sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Guillermo Federico Hegel vería en este fruto tardío de Atenas una comprobación de su tesis de que los pueblos emiten sus máximas expresiones culturales en la hora postrera, ya que el búho de Minerva (la diosa de la inteligencia) “levanta vuelo al anochecer”. Falta explicar por qué el ideal de la democracia que había encarnado Atenas no continuó en el tiempo, extendiéndose eventualmente a todos los habitantes de una ciudad o de una nación con el advenimiento de los derechos políticos de las mujeres y con la desaparición de la esclavitud, algo que el propio Aristóteles anticipó que ocurriría recién “cuando las lanzaderas (máquinas de tejer) trabajen solas”. Esto ocurrió recién en el siglo XIX, con la revolución industrial. Desapareció entonces la esclavitud. En el siglo XX retrocedería la desigualdad de las mujeres. Lo que no volvió, sin embargo, fue la democracia plenaria que había desplegado Atenas. La causa inmediata de la interrupción del experimento ateniense fue el desprestigio de la forma de gobierno democrática que resultó de su derrota militar. Atenas perdió ante la oligárquica Esparta la Guerra del Peloponeso. El recuerdo de esta derrota marcó fuertemente a las generaciones atenienses subsiguientes, que albergaron a Platón y Aristóteles. Aleccionados por aquella amarga experiencia, ambos pensadores desconfiaban profundamente de la democracia. En el año 399 antes de Cristo, ella había cometido además el más famoso de sus crímenes al condenar a muerte a Sócrates, el maestro de Platón y, a través de éste, de Aristóteles. Afectados por la imagen de asambleas multitudinarias e irresponsables que también habían impuesto un despótico imperio a las ciudades griegas sujetas a Atenas, Platón y Aristóteles favorecieron sistemas políticos no democráticos. El de Platón, inspirado en Esparta, fue claramente aristocrático. El de Aristóteles fue mixto, para permitir que otros elementos de tipo monárquico y aristocrático impidieran, a través de un adecuado balance de poderes, el suicidio demagógico de la democracia. Pese a sus fallas y fracasos, la democracia ateniense impresionó no sólo a sus contemporáneos sino también a quienes, siglos más tarde, conocieron su historia. Recién en el año 1688 de nuestra era, la “Gloriosa Revolución” inglesa puso en marcha el proceso institucional que desembocaría en la democracia contemporánea. Recién en el año 1761, al publicar El Contrato Social, el ginebrino Jean− Jacques Rousseau volvió a proponer a la democracia de tipo ateniense como un proyecto político irrenunciable. Los escritos de Rousseau tendrían una influencia decisiva en la Revolución Francesa de 1789. La democracia ateniense había muerto dos mil años antes. Los ideales que anunció, sin embargo, nos siguen convocando.